Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El mandarín y el linimento

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Un mandarín de Pekín,

que residía en Cantón

y no tocaba el violín

porque tocaba el violón,

decía con presunción

y con cierto retintín

que de confín a confín

de toda aquella nación

del gorro hasta el escarpín

era rico y trapalón.

 

Tenía aquel mandarín

un precioso palanquín,

un caballo percherón,

un kimono de etamín

y un pañuelo de crespón.

 

Tenía un vasto salón,

un agradable jardín

y también un batintín

que sonaba haciendo ¡pon!

 

Un puñal, un espadín,

un alfanje, un mosquetón

y un surtido botiquín

con Mejoral y algodón.

 

Pero el pobre mandarín

abrigaba una ilusión:

ver crecer cabello o crin

a un estupendo melón.

 

Con paciencia y discreción

exprimía su magín

y bañaba aquel melón

con un líquido o loción

que se trajo de Nanking.

 

Más el melón malandrín,

ablución tras ablución,

resistía aquel trajín

y se quedaba pelón.

 

El mandarín bermellón

rojo, encarnado, carmín,

se tomaba un berrenchín

e insistía con tesón

hasta que un día, por fin,

el paciente mandarín

que residía en Cantón

se pudo dar el postín

de ver con pelo al melón

porque con circunspección

fue y le puso un peluquín.

 

 

MORALEJA

Muchas veces el tesón

no nos conduce a buen fin

y lo mismo que el melón

que tenía el mandarín

si está calvo don Ramón

don Felipe o don Fermín

da igual que se dé almidón

o se frote con fruición

la cabeza con hollín,

con un paño, un calcetín,

un abrigo de visón,

un lápiz o el Boletín

Oficial de la nación.

*****

Poema anónimo

Ilustración de Loboberserker

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