Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

Cuentos en verso para niños perversos, “Rizos de oro y los tres osos”

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¡Jamás debió ponerse en un estante

una bellaquería semejante!

¿Cómo una madre amante y responsable

puede dejar la historia detestable

de esta malvada niña entre las manos

de unos retoños cándidos y sanos?

Si de mí dependiera, Rizos de oro

estaría entre rejas como un loro…

Imagínense ustedes qué gracioso

resulta hacer potaje para oso,

café y bollitos con su mermelada

y, con la mesa puesta y preparada,

que diga Papá Oso: «¡Mil cornejas!

¡La sopa está que quema las orejas!

Vamos a darnos un paseo juntos

hasta que este potaje esté en su punto.

Además, caminar un buen ratito

nos abrirá el apetito».

Ninguna ama de casa se opondría

a propuesta de tal sabiduría

y menos con el genio singular

de un oso cuando es hora de almorzar.

***

Pues bien, en cuanto dejan la mansión

se cuela Rizos de oro en el salón

y, cual reptil sinuoso y repelente,

lo curiosea todo soezmente.

Al punto ve el potaje apetitoso

que puso en los tres platos Mamá Oso

y, en menos tiempo del que aquí se cuenta,

sobre ellos se abalanza violenta.

Imagínense, insisto, qué faena,

después de preparar cosa tan buena,

que acabe en el estómago incivil

de alguna delincuente juvenil.

¡Y no acaba ahí la cosa!, lo mejor

viene a continuación de lo anterior.

Como mujer de hogar que usted se siente,

ha ido con todo amor, pacientemente,

coleccionando muchos trastos viejos:

un angelote manco, dos espejos,

tres sillas y un armario estilo imperio

comprados en subasta y, lo más serio,

una silla de niño isabelina

que un día heredó usted de su madrina.

Es esa silla orgullo, prez y gloria

de su querida casa y no hay historia

que usted no cuente de ella y se derrita

cuando la enseña ufana a las visitas.

Pues, como iba diciendo, Rizos de oro,

sin el menor recato ni decoro

coloca su trasero gordinflón

sobre la silla histórica en cuestión

y, como no le importa tres pepinos

el mobiliario estilo isabelino,

se carga en un segundo malhadado

de su salón el mueble más preciado.

Cualquier niña diría: «¡Qué desgracia!

¡Merezco un buen castigo por mi audacia!».

Pero no Rizos de oro que, al contrario,

exhibe su peor vocabulario:

«¡Maldito cachivache!» y otras cosas

que, de tan malsonantes y espantosas,

no puedo ni me atrevo a transcribir

ni creo que se deban imprimir.

 

***

Ustedes pensarán que aquí termina

su expedición fatal nuestra heroína…

Pues yo lo siento mucho, amigos míos,

pero no acaba aquí todo este lío.

La miserable quiere echar la siesta,

así que va a mirar dónde se acuesta.

Sube a los dormitorios de los osos,

compara qué edredón es más lanoso,

los prueba del derecho y del revés,

y se echa en el más blando de los tres.

Como sabéis, la gente de provecho

se suele descalzar cuando va al lecho,

pero con Rizos de oro no hay enmienda

ni se le ocurre cosa que no ofenda.

Podéis imaginaros los muy guarros

que estaban sus zapatos, cuánto barro

pestífero llevaban en las suelas.

Hasta algo que hizo un perro y, por que huela

tan solo a tinta el libro, uno se calla…

Y, digo una vez más: ¿Es que no estalla

cualquiera a quien un monstruo dormilón

le ponga hecho una cuadra su edredón?

***

¿Os dais cuenta cabal de la cadena

de crímenes tramados por la nena?

Crimen número uno: la acusada

comete allanamiento de morada.

Crimen número dos: el personaje

se queda con tres platos de potaje.

Crimen número tres: la muy cochina

destroza una sillita isabelina.

Crimen número cuatro: va la dama

y se limpia los zapatos en la cama…

Un juez no dudaría ni un instante:

«¡Diez años de presidio a esa tunante!».

Pero en la historia, tal como se cuenta,

la miserable escapa tan contenta

mientras los niños gritan, encantados:

«¡Qué bien; Ricitos de oro se ha salvado!».

Yo, en cambio, le daría otro final

a un cuento tan infame y criminal:

«¡Papá!», grita el Osito, «estoy furioso.

No tengo sopa». «¡Vaya!», dice el Oso.

«Pues sube al dormitorio: está en la cama,

metida en la barriga de una dama,

así que no tendrás más solución

que dar cuenta del caldo y del tazón».

*****

Poema: Roald Dahl (1916-1990), Cuentos en verso para niños perversos 

Ilustración: Quentin Blake  (1932)

 

Nos encanta que nos cuentes

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