Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El pastelero triste

Ilustración: AuToFluXx

Si Ambrosio fuera un pastelero como los demás, elaboraría sus pasteles con azúcar, con almíbar o con sirope de arce. Pero, ¿qué puede hacer alguien que cuando llora endulza pañuelos y mangas de camisa? Pues aprovechar toda su tristeza para endulzar un poco la vida de los demás.

Precisamente por eso, fue que Ambrosio decidió dedicarse al noble arte de la pastelería; porque tenía un don muy especial: sus lágrimas eran dulces.

Ambrosio descubrió que de sus ojos brotaban lágrimas de caramelo el día que murió su abuela Federica, cuando su madre, para tratar de consolarlo porque no dejaba de llorar, decidió hornear sus famosas magdalenas de arándanos y le pidió que la ayudara.

Mientras tamizaba la harina, al pobre, le vino a la cabeza el suave pelo blanco de su abuela Federica y, sin poder contener la pena, derramó sus lágrimas en el centro del volcán de harina.

—Deja de llorar, Ambrosio, o nos saldrán las magdalenas saladas —trató de bromear su madre.

Haciendo un gran esfuerzo, Ambrosio dejó de llorar y se concentró en la receta, pero al cascar los huevos, las brillantes yemas le recordaron los ojos color miel de su querida abuela y volvió a llorar amargamente mientras su madre mezclaba todos los ingredientes, lágrimas incluidas.

—Pero bueno, ¿es que ya has añadido el azúcar? —preguntó a su hijo al probar la mezcla con el dedo.

—No —contestó Ambrosio señalando el recipiente con la medida de azúcar intacta y tratando de contener el llanto entre suspiros.

—Pues no lo entiendo…—observó la madre.

Y atrayéndolo hacia ella para consolarlo, le dio un sonoro beso en la mejilla todavía húmeda. Fue entonces cuando descubrieron lo especiales que eran aquellas lágrimas.

Con el tiempo, Ambrosio, dedicado ya en cuerpo y alma a la profesión de pastelero, se percató de que cuanto más triste estaba, más empalagosas eran sus lágrimas, así que cada vez que cocinaba unos bollos, un bizcocho o unas galletas trataba de entristecerse tanto como podía. Lo tenía todo bien organizado.

Antes de empezar la jornada, en su tienda de dulces del centro de la ciudad, releía las novelas más tristes de su biblioteca particular: huérfanos, desamores y despedidas poblaban los amaneceres de Ambrosio que, con los ojos inundados por la emoción, amasaba panecillos dulces, brioches y cruasanes.

A lo largo de la mañana, mientras decoraba bizcochos y magdalenas, escuchaba en su viejo tocadiscos fados y boleros, las melodías más melancólicas que existen.

A mediodía, miraba una película de las que hacen llorar mucho al tiempo que removía el chocolate caliente, que borboteaba junto a las lágrimas que caían sobre los fogones.

Para los encargos especiales, buscaba una pena más honda; contemplaba las fotografías de la abuela Federica y cocinaba con nostalgia pasteles de cumpleaños, tartas nupciales o repostería para bautizos y comuniones.

Todo funcionaba como un reloj y aunque Ambrosio siempre mantenía su aspecto alicaído, su establecimiento era el más animado de toda la ciudad. Especialmente los domingos, cuando la cola cruzaba de punta a punta la Plaza Mayor. «No hay pasteles como los tuyos Ambrosio», le decían los clientes. «Tienen alma, se nota que los haces con el corazón» añadían.

Eran tantos los parroquianos que se acercaban a comprar los dulces de la pastelería de Ambrosio, que Sofía, una alegre trotamundos que acababa de llegar a la ciudad, creyó que sería el lugar ideal para conseguir unas monedas amenizando con sus trucos malabares la espera de los clientes.

Su espectáculo era digno de ver. Para empezar, lanzaba al aire sus pelotas multicolor… tres, cuatro, cinco, seis… ¡hasta siete pelotas hacía danzar a la vez para regocijo de grandes y pequeños! Y cuando parecía que aquello era todo, con el pie derecho, se calzaba tres aros de brillante acero y los hacía rodar al tiempo que bailaban las pelotas.

Pero la apoteosis llegaba con el número final, cuando encendía tres pequeñas antorchas que intercambiaba de mano con una pericia pasmosa. Los clientes se olvidaban de avanzar y hasta Ambrosio se quedaba totalmente hipnotizado viendo el ardiente espectáculo.

Al terminar, se paseaba con un sombrero de lana multicolor en la mano y raro era el día que no lo llenaba de monedas. De las que ganaba, gastaba algunas en la pastelería de Ambrosio, para comprar una magdalena de arándanos, la especialidad de la casa.

Ambrosio se fue acostumbrando a las visitas de Sofía. Domingo tras domingo, admiraba el espectáculo de fuego y color y, domingo tras domingo, reservaba la más oronda y jugosa de las magdalenas de arándanos, la envolvía con papel de cera y la ataba con un lazo azul. Después, observaba cómo Sofía se la comía, sentada en un banco de la plaza y a él lo invadía una alegría tan incontrolable, que no lograba volver a entristecerse. Ni canciones, ni historias, ni películas surtían ya efecto. Ni siquiera las viejas fotografías de la abuela Federica conseguían hacerlo llorar y llegó el día en el que Ambrosio tuvo que tomar una dura decisión: utilizar azúcar para endulzar sus pasteles.

Desde entonces, las aglomeraciones de los domingos empezaron a disminuir. Algo había cambiado. Incluso sus clientes más fieles empezaron a faltar a la cita del domingo. La plaza se fue quedando vacía y ya eran tan pocos los que acudían a la pastelería, que Sofía, una mañana, no logró reunir suficientes monedas para comprar su magdalena de arándanos. Miró por última vez el escaparate con pena y empacó sus cosas dispuesta a marcharse.

Ambrosio, angustiado, envolvió la magdalena de arándanos y corrió tras Sofía:

—Olvidas tu magdalena…

—No tengo suficiente dinero —contestó ella sin dejar de caminar—. Además, ya no saben igual…

—Ésta sí… —rebatió Ambrosio desenvolviendo el paquete mientras lloraba sobre el esponjoso bizcocho.

Sofía mordió la magdalena y esbozó una sonrisa de satisfacción, pero al ver las lágrimas de caramelo de Ambrosio y comprender lo que ocurría, su alegre semblante se transformó y empezó de nuevo a andar:

—No te vayas —le suplicó el pastelero armándose de valor—. O déjame ir contigo.

—Da igual si me quedo o si vienes conmigo. Si estamos juntos, tus pasteles nunca volverán a saber igual…

Incapaces de resolver el dilema, Ambrosio y Sofía se sentaron en un banco y juntos mordisquearon la magdalena de arándanos, tal vez la última.

En silencio, echaron algunas migas a los pájaros que revoloteaban por la plaza. Una pareja de palomas se peleó por conseguir un bocado. La vencedora alzó el vuelo y dejó caer la miga sobre el nido de polluelos, que con la primavera habían roto ya el cascarón. Al poco, la otra paloma con la que hacia solo unos instantes se había picoteado, llegó con otra miga, que también lanzó sobre el nido.

—Juegan, se pelean… –dijo una viejecita que se había sentado junto a Ambrosio y Sofía sin que ellos se percataran –. A veces están alegres; a veces tristes. A veces son felices y otras tremendamente desgraciados. Comparten las cosas buenas y las malas. Así es la vida. Pero lo importante es que vuelan juntos, tal vez porque se aman… En fin, ya me marcho… Siempre hablo demasiado.

Al levantarse los miró y les dedicó un simpático guiño. Ambrosio se quedó paralizado; aquella mujer tenía unos ojos del color miel que le resultaban terriblemente familiares…

Sofía, mientras veía a la anciana alejarse, supo cómo resolver el dilema:

—Me quedo contigo o ven conmigo. Es lo mismo. Pero juntos.

Y al escuchar sus palabras, Ambrosio, por primera vez, lloró de alegría y sus lágrimas fueron dulces; más dulces que nunca.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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55 comentarios el “El pastelero triste

  1. lilimaleta
    25/03/2017

    Gracias por compartir este cuento en el que la emoción de la tristeza convertida en lágrimas dulces hacen que la vida de los otros sea deliciosa.
    Me alegra saber que su personaje, Ambrosio, encuentra otras lágrimas, con las que espero siga haciendo recetas para ” chuparse los dedos”.
    Un besazo

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      27/03/2017

      Nos alegra haber endulzado un poquito las cosas en tu vida con estas recetas.
      Queremos informarte de que Ambrosio hace ahora unas recetas aún más buenas y con ellas ha conseguido ganar infinidad de premios internacionales de repostería. ¡Te mantendremos informada si escribe un cuento sobre ello!

      Me gusta

  2. Pingback: El pastelero triste — Martes de cuento – Mabel´s Cookies and Cakes

  3. Maribel
    15/03/2017

    Que alegría me da este cuento, la lástima es no poder probar sus deliciosos dulces que ahora endulza con amor, si es que la cocina es todo amor y cuando no se pone el suficiente… zas, desastre en la cocina jjejejejej.
    besss guapa 🙂

    Le gusta a 2 personas

  4. Julie Sopetrán
    15/03/2017

    Es un cuento delicioso, dulce, claro, lleno de encanto y de esa tristeza que es a la vez alegría de dar a los demás lo mejor de ti mismo. Felicito a Noemi Pes, por este cuento y a ti por haberlo traído ante nuestros ojos. Es genial. .

    Bueno, le quiero dedicar a Ambrosio un acróstico en una
    octava italiana aguda. Algo que perteneció al neoclasicismo
    aunque fue más conocida en el romanticismo. Pero creo que
    se lo merece por endulzarme la vida. Y también en honor a
    sus lágrimas…

    A mbrosio llora y llora en su trabajo
    M astica la emoción sin alegría,
    B autiza con su llanto la ambrosía
    R ocía su lamento en el pastel
    O bedece a su instinto repostero
    S egrega su dulzor entre la masa
    I nfunde gimoteos cuando amasa
    O bsequia en su plañir… amor que es miel.

    Julie Sopetrán

    Le gusta a 4 personas

  5. juanicasco
    15/03/2017

    Que cuento delicioso!!! Felicidades Noemi, hay tanta ternura y dulzura en tu manera de escribir!! Y pensando en un final feliz creo que podrían dejar la pastelería que tantas lágrimas hizo derramar al pobre Ambrosio y dedicarse a hacer croquetas, empanadas y pizzas.. . Pero juntos. Saludos cuenteros!!

    Le gusta a 1 persona

  6. Borgeano
    15/03/2017

    He terminado riéndome por un motivo absolutamente tangencial al relato (el cual me pareció delicioso, sobre todo la parte en que Ambrosio lee cada mañana “las más tristes novelas”) y ese motivo lo sintetizo en una pregunta: ¿Te has dado cuenta de la cantidad de personas mayores a las que tienes leyendo cuentos infantiles? Eso es todo un logro de tu parte.
    Gracias por devolvernos, de tarde en tarde, a la infancia.

    Un abrazo.

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    • Martes de cuento
      15/03/2017

      🙂 Tus palabras sí me han hecho sonreír. Quizá los adultos necesitemos de cuentos para elevarnos un poquito del suelo y olvidar un poco la prosaica realidad. Si Martes de cuento consigue eso, es un motivo más que suficiente para seguir adelante con este proyecto.
      ¡Gracias por alegrarme el día con tu comentario! 🙂
      Un abrazo de miles de kilómetros.

      Le gusta a 1 persona

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Esta entrada fue publicada en 14/03/2017 por en Cuento amigo y etiquetada con , , , , , , , , , , .
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