Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

Dos mejor que una

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Ilustración: Madame-Kikue

En un precioso pueblo llamado Vallfogona, vivió, hace ya bastante tiempo, un rector que se hizo famoso en el mundo entero gracias a los muchos libros que escribió.

Sobre el Rector de Vallfogona se cuentan muchas historias, algunas ciertas, otras no tanto. La que os vamos a referir a continuación ocurrió sin lugar a dudas. Y podemos aseguraros que es cierta y muy cierta porque ha llegado hasta nosotros de boca de uno de los testigos de lo que ocurrió aquel día: la mismísima cocinera del señor rector. Quizá la conozcáis, porque ahora elabora magníficas recetas en una de las principales cocinas de Isla Imaginada… Pues bien, esto fue lo que ella nos contó…

El señor rector era un hombre jovial y alegre; siempre estaba de muy buen humor. Su alegría era casi tan grande como su apetito, porque tanto o más que reír, le gustaba comer bien. Su plato preferido, el que siempre estaba dispuesto a degustar fuera para desayunar, comer, cenar, merendar o picar entre horas consistía en un par de perdices guisadas, que acompañaba de un buen trozo de pan, con el que rebañaba la salsa hasta dejar el plato más limpio que recién lavado.

Cuando sabía que había perdices para comer, se sentaba a la mesa, cogía su cuchillo y su tenedor y exclamaba feliz: «¡Y ahora me comeré un buen par!», refiriéndose a las perdices en salsa que la cocinera, la mejor de la comarca, cocinaba para él.

En la parroquia vivía también un monaguillo, que lo ayudaba en las obligaciones de la iglesia, un jovencito muy espabilado, aunque bastante travieso y también muy comilón, con el que había topado un día en un camino. El párroco, que aquel día se trasladaba en burro a un pueblo cercano, refrenó su montura y le preguntó:

—¿De dónde vienes?, ¿Adónde vas? ¿Cómo te llamas? ¿Con quién estás?

A lo que el niño, sin perder ni un segundo, respondió:

—De Tárrega vengo. A Verdú voy. Mi nombre es Pedro. Solo y triste estoy.

Sorprendido por su inteligente y rápida respuesta y al saber que el niño no tenía a nadie en el mundo, el buen rector decidió adoptarlo y enseñarle el oficio de sacristán.

Así vivían felizmente los tres hasta que, cierto día, el rector recibió una carta en la que se le anunciaba que el domingo siguiente el mismísimo obispo en persona visitaría la parroquia de Vallfogona, asistiría a la celebración de la misa y, seguidamente, les haría el grandísimo honor de quedarse a comer.

Imaginad los nervios del pobre rector ante una vista de tamaña importancia. Enseguida dio órdenes a la cocinera para que lo preparara todo a fin de agasajar debidamente a tan egregio personaje.

—Compra cuatro perdices bien hermosas y prepáralas en salsa… ¡Todo debe quedar perfecto! ¡No me falles!

—No se preocupe, señor rector. Todo saldrá a pedir de boca —aseguró la cocinera.

La buena mujer se proveyó de todo lo necesario y el domingo, muy de mañana, se puso manos a la obra.

Poco a poco, el aroma de su guiso se fue extendiendo por todos los rincones y hasta a los ángeles pintados en las paredes de la iglesia se les hacía la boca agua.

Ya cerca del mediodía, puntual a su cita, llegó el obispo y se dirigió a la Iglesia. El monaguillo debía recibirlo, pero antes, sin poder resistir aquel olorcillo que parecía que lo llamaba desde la cocina, hizo una visita a la cocinera:

—Cierto que las tuyas son las mejores perdices en salsa del mundo… pero hoy… hoy no sé yo si te habrán quedado tan bien como siempre… huelen bien… pero…  no sé…

—¡¿Qué me dices?!  —se alarmó la cocinera.

—Tranquila, las probaré ahora mismo a ver qué tal saben…

—¡Sí, por favor! ¡Pruébalas!

Dicho y hecho. El monaguillo probó un poco de una de las perdices y mojó pan en la salsa. Y luego probó otro poco y otro poco… Y, en un momento de descuido de la cocinera, se zampó las cuatro enteras. ¡En el plato quedaron únicamente los huesos!

—Pero, ¿qué es lo que has hecho? ¡Tunante! ¡Glotón! ¡Zampabollos! —se lamentaba la cocinera—  Te he dicho que las probaras, no que acabaras con ellas. ¡Si me descuido te comes hasta los huesos! ¡Qué disgusto!

—¡Lo siento! ¡Lo siento de verdad! Pero es que estaban tan deliciosas…

—¿Qué hago yo ahora? ¿Qué dirá el señor rector? Esta mañana ha visto cómo las preparaba…

La cara del monaguillo se iluminó de repente:

—¡No te preocupes! Yo lo he estropeado y yo lo arreglaré. ¡Déjalo de mi cuenta!

Y se marchó corriendo a reunirse con el obispo, que ya lo esperaba en la sacristía.

—Buenos días, Excelencia Reverendísima —saludó educadamente el monaguillo—. Es un honor su visita, espero que transcurra plácidamente y que no tengamos problemas…

—¿Problemas? ¿Por qué habríamos de tener problemas?

—Bueno… Me gustaría advertirlo, para que no se extrañe si ocurre, de que todo y que el señor rector es una excelente persona y un hombre bueno e inteligente, a veces… a veces le dan unos ataques… extraños… y, entonces, tenemos problemas…

—¿Ataques extraños?, ¿qué quieres decir? —preguntó intrigado el obispo— ¿Qué le pasa? ¿Qué hace?

—Normalmente no hace nada, pero, en ocasiones, se obsesiona un poco y no para hasta que consigue cortarles las orejas a sus invitados…

—¿Cómo? ¿¡Las orejas de sus invitados?!

—¡Pero usted no sufra!, porque se nota cuando le da el ataque. Si usted ve que coge el cuchillo y el tenedor y grita muy fuerte: «¡Y ahora me comeré un buen par!», le aconsejo que se proteja las orejas y que empiece a correr sin detenerse.

El obispo estuvo durante toda la misa observando al rector y al ver que se comportaba normalmente, se fue tranquilizando.

Al acabar la ceremonia, se dirigieron juntos, rector y obispo, hablando jovialmente hacia el comedor, donde la mesa ya estaba puesta. Tomaron asiento, uno frente al otro al otro y fue entonces, cuando cogiendo el tenedor y el cuchillo el rector exclamó:

—¡Y ahora me comeré un buen par!

Al oír aquello, el obispo saltó de su silla, se tapó las orejas y empezó a correr como alma que lleva el diablo.

Justo en el mismo momento, el monaguillo entró en el comedor exclamando:

—¡Señor rector! ¡Señor rector! ¡El obispo ha robado las perdices!

—Pero, ¿qué me estas contando? ¡Que me las devuelva ahora mismo!

Y aún con el cuchillo y el tenedor en sus manos, salió en persecución del fugitivo gritando:

—¡Señor obispo! ¡Señor obispo! ¡No huya! ¡Vuelva aquí!, ¡al menos deme una!

A lo que el obispo, sin parar de correr, respondió aterrorizado:

—¡¡Ni una ni ninguna!! ¡¡Ni una ni ninguna!!

Y esta es la verdadera historia de cómo el monaguillo y la cocinera se libraron aquel día de una buena reprimenda.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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55 comentarios el “Dos mejor que una

  1. Mónica
    27/03/2017

    jajajaj sin duda alguna el muchacho es listo y avispado pero si soy su madre, le pongo el culo como un tomate jajaja.

    Le gusta a 1 persona

  2. mokattz
    26/03/2017

    Muy bonito cuento, como todos tus cuentos, llenos de creatividad e ingenio, el aroma delicioso de esas perdices, llegaron hasta mis sentidos.

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      27/03/2017

      🙂 Me alegra que la versión de este cuento popular te haya gustado y aún me gusta más que te haya alimentado en todos los sentidos 😀
      ¡Un abrazo y gracias por comentar!

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  3. Pingback: Dos mejor que una – Espacio de Arpon Files

  4. Arpon Files
    25/03/2017

    Divertido, ingenioso y corto, lo que habla de tu habilidosa habilidad para escribir, la inteligencia para desarrollar tramas en pocas palabras y el humor que es producto únicamente de mentes con IQ por arriba de los demás mortales. Lo paso a distribuir entre mis muy selectos e inteligentes contactos

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  5. felicitasrebaque
    09/03/2017

    El ingenio es un aditivo importante de la inteligencia. Me ha encantado.

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      11/03/2017

      🙂 Sin duda, Felicitas. El ingenio es primo hermano de la imaginación, que nos hace ir más allá y, por eso, nos hace un poco más inteligentes 😉
      ¡Un abrazo!

      Me gusta

  6. María
    03/03/2017

    Un cuento muy divertido!!! A veces el ingenio nos saca de más de un apuro. Está claro! Me encanta ese monaguillo.
    Besetes, Nona.

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  7. magailustra
    03/03/2017

    Una historia deliciosa 😀 Gracias por el cuento

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  8. dehanoiabarcelona
    02/03/2017

    ¡Qué cuento más divertido! Además, con la descripción que has hecho de las perdices guisadas, me ha dado un hambre… ¡no me extraña que el monaguillo se las comiera todas!

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    • Martes de cuento
      02/03/2017

      😀 😀 😀 😀 Tal vez deberías incluir una receta de perdices en tu blog 😉
      Me alegra que el cuento te haya hecho reír.
      ¡Un abrazo!

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      • dehanoiabarcelona
        02/03/2017

        Me ha divertido mucho y me ha inspirado también!! Como no suelo tener perdices en casa, me he decantado por otro tipo de ave y he cocinado pollo guisado con jengibre 😂😂😂
        Un abrazo grande!

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Esta entrada fue publicada en 28/02/2017 por en Cuento popular y etiquetada con , , , , , , , .
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