Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El oni rojo que lloró

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Ilustración: marmoto

Siglos ha, vivió en la falda de una altísima montaña un oni rojo llamado Aka-oni, cuyo feroz aspecto conseguía poner los pelos de punta al más valiente.

Tenía unos dientes largos y afilados que parecían prestos a morder y una piel rojiza que hacía pensar al que lo miraba que estaba a punto de proferir un aterrador alarido, de esos que hielan la sangre y hacen temblar de la cabeza a los pies.

A pesar de su semblante atroz, tenía un corazón bondadoso y tierno y su único deseo era vivir en paz y armonía con los habitantes del pueblo cercano. Pero estos, cada vez que lo veían, aunque fuera de lejos, huían despavoridos gritando:

—¡Socorro! El oni rojo nos quiere comer. ¡Sálvese el que pueda!

Desesperado por esta situación y después de pensar mucho, el oni decidió dibujar unos preciosos carteles, que enganchó por todas partes: en los árboles del camino que conducía al pueblo; en las piedras cercanas al río; en la verja de su casa; y hasta se atrevió a bajar de noche al pueblo para engancharlos en las puertas de las casas y en la del ayuntamiento:

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Pero los habitantes del pueblo no lo creyeron y los arrancaron todos.

Con gran desánimo, al comprobar que sus esfuerzos habían sido completamente inútiles, el oni rompió los carteles que le quedaban.

Así estaba, bajo una higuera, turbado y cariacontecido rasgando los papeles, cuando apareció su amigo Ao-oni, un oni azul que vivía en la cima de la montaña y que, como él, tenía un corazón tan grande que no le cabía en el pecho, aunque, igualmente, con un aspecto tan fiero y aterrador como el del oni rojo.

—Hola, Aka-oni, ¿qué rompes?

—¡Ay!, Ao-oni, había escrito estos carteles para que los aldeanos los leyeran y supieran que no soy un oni malvado. Quería que se llevaran bien conmigo y que no huyeran cada vez que me ven, pero ellos no me creen. Los han arrancado todos.

—Mmmmm. ¡Déjame que piense! Veamos… Mmmmmm  ¡Ya lo tengo! ¡Vamos al pueblo!

—¿Al pueblo?, ¿para qué? Todo es inútil. No podemos hacer nada. Los aldeanos están ciegos. Están convencidos de que todos los oni somos malos y no hay forma de que entren en razón. En cuanto te vean, huirán y no te dejarán ni hablar.

—Precisamente. Eso es lo que quiero. Quiero que huyan, que se asusten muchísimo. Quiero demostrarles que tú eres bueno, que no deben temerte, que el único malo soy yo.

—No comprendo qué…

—El plan es el siguiente: iré al pueblo y fingiré que soy el oni más terrible de la Tierra. Aterrorizaré a todo el mundo y cuando esté a punto de comerme a alguien, apareces tú y nos peleamos. Salvas a los vecinos de mi ataque y me obligas a huir. Solo tienes que pegarme y echarme del pueblo.

—Ao-oni, yo no puedo pegarte, ¡tú eres mi amigo!

—Pues claro que somos amigos, pero debes representar tu papel y darme una gran paliza delante de todos. Cuando vean que los defiendes, tus vecinos te querrán.

Y así lo hicieron. El oni azul, gruñendo y con ademanes fieros, se dirigió al pueblo y fingió que atacaba a los aldeanos. Cuando ya estaba a punto de atrapar a uno, apareció el oni rojo y se enfrentó a él:

—¡Deja en paz a ese hombre! —¡Plaf!, ¡pam!— Fuera de aquí, oni malvado. —¡Pumba!, ¡pumba!— ¡No molestes a mis vecinos! —¡Plof!, ¡patapam!— ¡Vete y no vuelvas jamás! —gritaba el oni rojo mientras arreaba de lo lindo al oni azul y lo perseguía por todo el pueblo.

—¡Ay, ay, ay!, ya me marcho, pero no me pegues más, por favor —gemía el oni azul—. ¡Ay, ay, ay!, prometo no regresar nunca a este pueblo mientras tú lo protejas.

Y el oni rojo ahuyentó fuera del pueblo al oni azul ante la mirada agradecida de todos los vecinos del pueblo que, desde aquel día, perdieron el miedo a Aka-oni y empezaron a visitarlo con frecuencia.

Hombres, mujeres y niños iban a su casa para charlar con él y él los recibía con una taza de té y galletas caseras, que se comían mientras contaban cuentos y reían. El oni era completamente feliz, se llevaba bien con todos sus vecinos y estos lo querían muchísimo.

Pasó el tiempo y, una mañana, el oni rojo miró hacía la cima de la montaña y, de pronto, se acordó de su amigo el oni azul. «¿Qué habrá sido de mi amigo Ao-oni?, hace mucho tiempo que no lo veo por aquí. Ya no viene a visitarme. Gracias a él, ahora soy muy feliz, pero nunca le di las gracias por el favor que me hizo. Debo ir a verlo ahora mismo». Y Aka-oni, el oni rojo, se puso en camino.

Trepa, que trepa, que trepa, escaló la alta montaña y se encaminó a casa del oni azul, pero cuando llegó allí, descubrió que aquel lugar estaba completamente desierto. Una espesa maleza cubría el jardín otrora lleno de preciosas flores. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas a cal y canto.

Se acercó a la puerta principal y allí, clavado sobre la puerta principal, descubrió un sobre en el que, con pulcra caligrafía, estaba escrito: «Para mi amigo Aka-oni».

El oni rojo rasgó el sobre y leyó la carta:

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A medida que leía la carta, los ojos del oni rojo se iban llenando de lágrimas y, sin poder evitarlo, rompió a llorar desconsoladamente al recordar la desinteresada amistad del oni azul.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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53 comentarios el “El oni rojo que lloró

  1. Óscar
    27/02/2017

    Amigos de esos ya no quedan… Besitos

    Le gusta a 1 persona

  2. edda diaz
    08/02/2017

    Una preciosidad de cuento , te quiero Martes, me gsta tu trabajo. Beso y comparto en mi face

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      08/02/2017

      Muchas gracias por compartir, Edda. Pero, sobre todo, gracias por ese cariño que llega grande e intacto a pesar de la distancia.
      Millones de besos.

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  3. Pingback: El Oni Azul | A Los 4 Vientos

  4. anaorganic
    04/02/2017

    Me ha encantado y me ha transportado al pasado. En este justo momento, además, me pasa algo similar…
    Gracias, un abrazote.

    Le gusta a 1 persona

  5. eldiariodesensi
    27/01/2017

    Me he quedado pasmada al llegar al final, que pena penita pena de amigo, que vaya ahora mismo a por él y se deje de tonterías. En mi final los dos volverían al pueblo y todos serían amigos, felices y comerían perdices. No puedo evitar imaginar finales perfectos.😀

    Le gusta a 2 personas

    • Martes de cuento
      30/01/2017

      🙂 En los cuentos también son necesarios los finales un poco tristes porque, en realidad, nunca son finales. Siempre podemos escribir un cuento que sea la continuación. Imagina la historia que se puede escribir si hacemos que el oni rojo coja sus maletas y vaya en busca del oni azul. Lo encuentra, lo convence para que regrese y, al llegar les cuentan a los vecinos del pueblo su pequeño engaño. Estos comprenden que se portaron mal y todos se convierten en amigos 😉
      Un abrazo, Sensi.

      Le gusta a 1 persona

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Esta entrada fue publicada en 24/01/2017 por en Cuento clásico y etiquetada con , , , , , , , , , , .
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