Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

La familia feliz

imagen-6

Ilustración: Yan’ Dargent

La mayor hoja verde que existe en la Tierra es, sin duda, la de la acedera. Si te la colocas en la barriga, te sirve de delantal, y en la cabeza, los días de lluvia, es casi tan práctica como un paraguas, ¡imagina lo grande que es!

Las acederas jamás crecen solas, ¡ni hablar! donde hay una, seguro que hay muchas más. Es una maravilla. Y toda esa maravilla, es pasto de los caracoles. De esos enormes caracoles blancos que las familias distinguidas de antaño se hacían cocinar en fricasé y se comían sin parar de decir: «Mmmmm, ¡délicieux!», convencidos de que tenían un sabor exquisito.

Bien, pues como decía, esos caracoles se alimentaban de acederas y, por ese motivo, se plantaban.

El caso es que había una vieja mansión donde ya no comían caracoles, porque se habían extinguido; no así las acederas, que crecían y crecían por sendas y bancales y de las que no había forma humana de deshacerse. Formaban un auténtico bosque; acá y allá asomaba un manzano o un ciruelo, pero, por lo demás, nadie habría podido suponer que aquello había sido alguna vez un jardín. Todo eran acederas; y allí, en medio de todas ellas, vivían los dos últimos y viejísimos caracoles.

Ni ellos mismos sabían la edad que tenían, aunque recordaban que habían sido muchos más, que procedían de una familia llegada de lejanas tierras, y que para ellos y los suyos habían plantado todo el bosque. Jamás habían salido de sus lindes, pero sabían que en el mundo había algo más, que llamaban «La Mansión», y que allá lo cocían a uno hasta que se ponía negro y lo servían en bandeja de plata. Lo que sucedía después, era un misterio. Por otra parte, no acertaban a imaginar qué era eso de ser cocido y servido en bandeja de plata, aunque no les cabía ni la menor duda de que sería algo fascinante y sumamente distinguido. Ni el abejorro, ni el sapo, ni la lombriz, a quienes habían interrogado, supieron darles razón, ya que a ninguno de ellos lo habían cocido ni servido en bandeja de plata.

Los viejos caracoles blancos eran los más ilustres del mundo, de eso sí estaban seguros. El bosque existía por ellos, y la mansión estaba allí para que ellos pudieran ser cocidos y servidos en bandeja de plata.

Vivían muy solos y muy felices y como no tenían hijos, habían adoptado a un caracolito ordinario, al que educaron como si fuera su propio hijo, pero no había forma de que el pequeño creciera, pues no dejaba de ser un caracol ordinario. No obstante, los ancianos…, bueno, en especial la mamá caracol, aseguraba que observaba cómo crecía y le había pedido al papá que, como no podía verlo, palpara al menos la cáscara. Así lo hizo él y afirmó que la madre tenía razón.

Un día, la lluvia cayó con fuerza.

—Escucha cómo tam-tamborilea en las acederas —dijo el padre caracol.

—¡Sí! Y las gotas caen hasta aquí —apuntó mamá caracol—. ¡Resbalan por el tallo! Ya verás cómo va a quedar todo esto. Menos mal que tenemos nuestra casa y que el pequeño también tiene la suya. No se puede dudar de que han hecho mucho más por nosotros que por cualquier otro ser vivo. ¡Salta a la vista que somos los reyes de la creación! Tenemos casa desde que nacemos y plantaron todo el bosque de acederas por nosotros. Me gustaría saber hasta dónde llega y qué hay más allá.

—¡No hay nada más allá! —dijo papá caracol—. Mejor que donde estamos no se puede estar en ningún sitio, ¡y yo no deseo nada más!

—Pues a mí —dijo la madre—, me gustaría ir a la mansión y que allí me cocieran y me sirvieran en bandeja de plata. Todos nuestros antepasados pasaron por eso, así que seguro que debe de ser algo excepcional.

—Tal vez la mansión se haya venido abajo —dijo papá caracol—. O tal vez la ha cubierto el bosque de acederas y la gente no puede salir. Por otra parte, no hay ninguna prisa, pero tú siempre vas acelerada y el niño ya está siguiendo tu ejemplo. En tres días ya se ha encaramado a lo alto de ese tallo, ¡me da vértigo solo de verlo ahí arriba!

—No lo regañes —repuso mamá caracol—. El chiquillo sube con cuidado y estoy segura de que nos dará muchas alegrías. Los viejos no tenemos más razones para vivir. ¿Has pensado alguna vez dónde podemos encontrarle esposa? ¿Crees que en este bosque de acederas vivirá alguien de nuestra especie?

—Caracoles negros creo que sí hay —dijo el anciano—. Babosas sin casa, pero son muy vulgares y, en cambio, se dan mucha importancia. Tal vez podríamos encargárselo a las hormigas, que siempre van de un lado a otro como si tuvieran muchas cosas que hacer. Es posible que sepan de alguna esposa para nuestro caracolillo.

—Conozco, en verdad, a la mejor de todas —afirmó una de las hormigas—, pero mucho me temo que no no hay nada que hacer, pues se trata de una reina.

—Eso no importa —contestaron los ancianos—. ¿Tiene casa?

—¡Tiene un palacio! —dijo la hormiga—. Un magnífico palacio hormiguero, con setecientos pasillos.

—Muchas gracias —dijo mamá caracol—, pero nuestro hijo no va a vivir en ningún hormiguero. Si eso es todo lo que podéis hacer, se lo encargaremos a los mosquitos blancos, que vuelan por todas partes, tanto si llueve como si hace sol, y se conocen el bosque de acederas de arriba abajo.

—¡Tenemos una esposa para él! —contestaron los mosquitos—. A cien pasos de hombre de aquí, sobre un agraz, hay una caracolita con casa. Está muy sola y en edad casadera. ¡Son solo cien pasos de hombre!

—¡Muy bien!, pues que venga —repusieron los ancianos—. ¡Él posee un bosque entero de acederas y ella un simple arbusto!

Y fueron a buscar a la señora caracolita. Tardó ocho días en llegar, pero eso precisamente fue lo bueno, en eso se notaba que era de su misma clase.

Y se celebró la boda. Seis luciérnagas alumbraron lo mejor que supieron, por lo demás, todo trascurrió sin alborotos, pues los viejos caracoles no soportaban las francachelas ni el bullicio. Mamá caracol, eso sí, pronunció un maravilloso discurso. Papá no fue capaz de hablar a causa de la emoción.

A los recién casados les dejaron en herencia todo el bosque de acederas, diciendo lo que siempre habían dicho: que era el mejor del mundo y que algún día, si vivían recta y honradamente y se multiplicaban, ellos y sus hijos entrarían en la mansión, donde los cocerían hasta dejarlos negros y los servirían en bandeja de plata.

Finalizado el discurso, los ancianos entraron en sus casas, de las cuales no volvieron a salir nunca más, pues se durmieron definitivamente.

La joven pareja de caracoles reinó en el bosque y tuvo una numerosa descendencia, pero jamás los cocieron y jamás los sirvieron en bandeja de plata, por lo que dedujeron que la mansión se había venido abajo y que todos los hombres del mundo se habían extinguido y, como nadie les llevó la contraria, la cosa debía de ser verdad. La lluvia tam-tamborilea para ellos sobre las hojas de acedera, para que pudieran escuchar música de tambor y el sol brillaba en su honor, para dar color al bosque de acederas. Y fueron muy felices y toda su familia fue también muy feliz. ¡Y tanto que lo fue!

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

rainbow_pencil_avatar_by_shirokuro_chan

49 comentarios el “La familia feliz

  1. Óscar
    01/03/2017

    Un cuento de los que le gustan a Sensi. A nosotros también, por cierto. Besitos

    Le gusta a 1 persona

Nos encanta que nos cuentes

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en 17/01/2017 por en Cuento clásico y etiquetada con , , , , , , .
A %d blogueros les gusta esto: