Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El par de zapatos

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Ilustración: Fernando Puig Rosado

Había una vez un par de zapatos que estaban casados. El zapato derecho, que era el caballero, se llamaba Nicolás. Y el zapato izquierdo, que era la dama, se llamaba Tina.

Vivían en una preciosa caja de cartón, envueltos en papel de seda. Eran muy felices y deseaban que aquella felicidad durara para siempre.

Pero un buen día, una vendedora los sacó de su caja para probárselos a una señora. La mujer se los puso, dio algunos pasos con ellos y, a continuación, al ver que le quedaban bien, dijo:

—¡Los compro!

—¿Quiere que se los envuelva? —preguntó la vendedora.

—No, no hace falta —dijo la mujer—. Me los llevo puestos.

Pagó y salió con sus zapatos nuevos.

Fue así como Nicolás y Tina anduvieron todo el día sin verse el uno al otro. Por la noche, se reencontraron dentro de un oscuro armario.

—Tina, ¿eres tú?

—Sí, Nicolás, soy yo.

—¡Qué alegría! ¡Pensé que te había perdido!

—Yo también. Pero, ¿dónde estabas?

—¿Yo?, estaba en el pie derecho.

—Yo estaba en el izquierdo.

—¡Ya lo entiendo! —dijo Nicolás—. Cada vez que tú estabas delante, yo estaba detrás. Y cuando tú estabas detrás, yo estaba delante. Por eso no pudimos vernos.

—¿Y va a ser así todos los días? —preguntó Tina.

—¡Eso me temo!

—¡Pero eso es horrible! ¡Estar todo el día sin verte, mi querido Nicolás! No me podré acostumbrar nunca.

—Escucha —dijo Nicolás—, tengo una idea: puesto que yo siempre estoy a la derecha y tú siempre a la izquierda cada vez que yo avance te daré un golpecito, así nos saludaremos y no nos sentiremos solos. ¿De acuerdo?

—¡De acuerdo!

Eso hizo Nicolás, de manera que durante todo el día siguiente, la señora que llevaba los zapatos no pudo dar tres pasos sin que su pie derecho se enredara con el izquierdo, y ¡plaf! cada vez caía desmadejada al suelo.

Muy preocupada, fue ese mismo día a ver a un médico.

—Doctor, no sé qué me pasa, ¡me pongo la zancadilla a mí misma!

—¿Zancadillas a usted misma?

—¡Sí, doctor! A cada paso que doy, mi pie derecho se enreda con el izquierdo y me hace caer.

—¡Eso es muy grave! —dijo el médico—. Si la cosa sigue así, tendré que cortarle el pie derecho. Tome esta receta. Las medicinas le costarán dos mil euros. Deme a mí trescientos por la visita y vuelva mañana.

Esa misma tarde, ya en el armario, Tina le preguntó a Nicolás:

—¿Has oído lo que ha dicho el doctor?

—Sí, lo he oído.

—¡Es espantoso! Si le cortan el pie derecho a la señora, ella te tirará y estaremos separados para siempre. ¡Tenemos que hacer algo!

—Sí, pero ¿qué?

—¡Escucha!, tengo una idea: mañana seré yo la que te dará a ti un golpecito para saludarte cada vez que avance. ¿Qué te parece?

—¡De acuerdo!

Así lo hizo Tina, y a lo largo del segundo día fue el pie izquierdo el que daba un golpecito al derecho y, ¡plaf!, la pobre señora volvía a caerse al suelo.

Cada vez más preocupada, regresó a la consulta del médico:

—Doctor, esto va de mal en peor. ¡Ahora es mi pie izquierdo el que se enreda con el derecho!

—Este asunto es cada vez más grave —sentenció el médico—. Si sigue así, tendré que cortarle los dos pies. Tome, aquí tiene otra receta. Las medicinas le costarán tres mil euros. Deme a mí quinientos por la visita, y sobre todo, ¡no olvide volver mañana!

Por la noche, Nicolás preguntó a Tina:

—¿Oíste?

—Oí.

—Si le cortan los dos pies, ¿qué será de nosotros?

—¡Ni me atrevo a pensarlo!

—Y, sin embargo, ¡Te amo tanto, Tina!

—¡Yo también, Nicolás! ¡Te quiero mucho!

—¡Jamás te abandonaría!

—¡Ni yo tampoco!

Hablaban así, en la oscuridad, sin saber que la señora que los había comprado caminaba arriba y abajo por el pasillo, en zapatillas, porque lo que le había dicho el médico no la dejaba dormir. Al pasar frente al armario, escuchó toda la conversación y como era muy inteligente, lo comprendió todo.

—Así que es eso —pensó— No soy yo la que está enferma, sino que son mis zapatos, que se aman. ¡Qué bonito!

Tiró a la basura los cinco mil euros de medicinas y al día siguiente dio instrucciones a su doncella:

—¿Ves este par de zapatos? No volveré a ponérmelos nunca, pero los quiero conservar de todas formas. Quiero que los lustres bien y que siempre estén relucientes y, sobre todo, ¡jamás los separes el uno del otro!

Una vez a solas, la criada pensó: «La señora está loca, ¿a quién se le ocurre guardar un par de zapatos que ya no va a usar? Dentro de unos días, cuando se haya olvidado de ellos, me los quedaré».

Efectivamente, quince días más tarde, se los llevó y se los calzó. Pero una vez puestos, también ella comenzó a tropezar.

Una noche, mientras bajaba la basura por la escalera de servicio, Nicolás y Tina se quisieron besar y ¡patapam!, ¡plaf!, ¡plof!, la sirvienta se encontró sentada en el rellano, con un montón de cáscaras en la cabeza y una piel de patata en forma de espiral sobre la frente, colgando como si fuera un tirabuzón.

«Estos zapatos están embrujados», pensó. «¡No me los pienso poner más! Se los regalaré a mi sobrina la coja».

Y eso hizo. La sobrina, que era coja, se pasaba casi todo el día sentada en una silla, con los pies muy juntos. Cuando por casualidad caminaba, lo hacía tan despacio, que era imposible que se hiciera la zancadilla. Y los zapatos eran felices porque, incluso de día, estaban casi siempre juntos.

Aquella felicidad duró mucho tiempo. Pero, por desgracia, el defecto que tenía en los pies su nueva dueña hacía que, al caminar, un zapato se gastara más que el otro.

Una tarde, Tina le dijo a Nicolás:

—Siento que mi suela se está poniendo fina, fina. ¡No tardará en agujerearse!

—¡No hagas eso! —le rogó Nicolás—. ¡Si nos tiran, estaremos separados!

—Ya lo sé —contestó Tina—, pero ¿qué quieres que haga? ¡No puedo evitar envejecer!

En efecto, ocho días después, su suela tenía agujeros. La sobrina se compró unos zapatos nuevos y tiró a la basura a Nicolás y Tina.

—¿Qué será ahora de nosotros? —se lamentó Nicolás.

—No lo sé —respondió Tina—. Si al menos supiera que nunca más me separé de ti.

—Ven aquí —dijo Nicolás— anuda tu cordón al mío. Así jamás podrán separarnos.

Así lo hicieron. Juntos fueron a parar al cubo de la basura, juntos fueron transportados por el camión de los desperdicios, y juntos fueron arrojados en un terreno baldío. Y allí permanecieron juntos hasta que un niño y una niña los encontraron:

—¡Oh, mira! ¡Dos zapatos cogiditos del brazo!

—Eso es porque están casados —afirmó la niña.

—Bueno —contestó el pequeño—, pues si están casados, tienen que marcharse de viaje de novios.

El niño clavó los dos zapatos muy juntos sobre un tablero, luego acercó la tabla a la orilla del riachuelo y la empujó corriente abajo, hacia el mar. Mientras se alejaba, la niña agitó su pañuelo, gritando:

—¡Adiós, zapatos, y buen viaje!

Fue así como Nicolás y Tina, que ya no esperaban nada de la vida, tuvieron, de todas formas, una preciosa luna de miel.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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50 comentarios el “El par de zapatos

  1. Óscar
    02/03/2017

    Qué cuento tan bonito! Es una pena que la criada fuera tan egoísta, pero al menos pudieron disfrutar juntos. Besitos

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      03/03/2017

      Sí, a mí también me molestó que la criada decidiera llevar la contraria a la dueña de los zapatos. Por su culpa, no tuvieron una vida feliz y tranquila 😦

      Le gusta a 1 persona

  2. mensajedearecibo
    31/01/2017

    Precioso cuento para un martes de invierno. Un saludo.

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      01/02/2017

      🙂 Creo que el invierno es una estación especialmente adecuada para contar cuentos.
      Dejar el frío afuera, encender un buen fuego y escuchar un buen cuento es una de las cosas mejores de la vida.
      Feliz día.

      Me gusta

  3. María
    15/01/2017

    Me ha encantado este cuento, Martes! Tan tierno! Y esa vision tan original del amor y la pareja. Si es que os supierais, mi niña, si eso es posible 😉 😉
    Mil besos cariñosos.

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      17/01/2017

      ¡María! WordPress te envío a spam. ¿Te lo puedes creer? 😀 😀 😀 Acabo de rescatar tu comentario y otro de Isabel. Perdona el retraso de una semana en responder 😉
      Agradezco tus palabras, espero poder seguir encontrando pequeñas joyas literarias para compartir con vosotros.
      ¡Un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

  4. Borgeano
    13/01/2017

    Una idea por demás original y maravillosamente expresada. Me gustó mucho.

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      14/01/2017

      🙂 Me alegra que los cuentos de niños gusten a los adultos. Eso quiere decir que la buena literatura, en este caso la de Gripari, no tiene edad. ¡Un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

      • Borgeano
        14/01/2017

        Una obra de arte lo será siempre, independientemente de quién la haya escrito o a quién haya sido dirigida. Por mi parte he disfrutado (y lo sigo haciendo) de muchos libros infantiles. Hace poco estuve dictando unas clases de música en diversos pueblos de México, algunos de ellos muy pequeños. En uno de ellos la gente no asistió a las clases y pasamos casi todo el tiempo (éramos seis profesores de diversas disciplinas y debíamos permanecer toda la semana en la locación) en la biblioteca pública. Luego de revisar una colección hermosa donada por el gobierno mexicano y comprobar que nadie había pedido un libro en ese lugar, me dediqué con inmenso placer a leer los libros infantiles. En algunos casos hasta me tomé el trabajo de fotografiarlos completos (algunos ni siquiera tenían diálogos pero la historia estaba narrada visualmente de manera magnífica) y por allí andan, en alguna carpeta de mi computadora.
        Un detalle más. María Elena Walsh fue una escritora y compositora argentina que dedicó una parte importante de su obra a los niños. En Argentina sus canciones son verdaderos clásicos, los cuales escuché de niño y luego se las canté a mis hijos. Hoy ellos se las cantan a los suyos y veo que el placer que sienten es el mismo que sentía yo y que supongo sentía mi madre al cantármelas a mí. Eso es un verdadero clásico, en este caso, infantil (como dijimos, eso es un detalle).
        Bien, perdón por la extensión del comentario.

        Un abrazo.

        Le gusta a 2 personas

        • Martes de cuento
          18/01/2017

          Me gustan, en especial, los comentarios largos que me aportan buena información o que me permiten conocer mejor a la persona que hay tras las letras.
          Conozco algunos poemas de María Elena Walsh y tengo pendiente incluir alguno de ellos en el rinbcón poético del blog.
          Y, por descontado, no puedo estar más de acuerdo contigo en que los buenos libros son imperecederos y aunque puedan ser clasificados para niños, en cada edad nos aportan un valioso mensaje si es que sabemos leerlos 🙂
          Hay algunos a los que hay que volver con insistencia; leerlos una y otra vez, saborearlos y extraer de ellos todo su jugo.
          Ojalá la lectura de estas pequeñas joyas en la niñez propicie la lectura de otras en edad adulta.
          Un abrazo también para ti.

          P.D. Qué pena una biblioteca sin lectores.

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          • Borgeano
            18/01/2017

            Me alegro que te gusten los comentarios largos, porque cada tanto suelo descolgarme con alguno. Tu entrada y el cuento abrieron la puerta a memorias muy queridas, de allí que me explayara tanto.

            Un fuerte abrazo.

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            • Martes de cuento
              19/01/2017

              🙂 Creo que una de las cosas preciosas, gratificantes y enriquecedoras que tiene Internet es, precisamente, poder intercambiar pareceres, ideas, opiniones, anécdotas… con personas con las que, si no existiera, jamás hubieras podido interactuar. En estas «comunidades» que crecen alrededor de los blogs hay personas extraordinarias a las que me encanta leer.
              Un abrazo y gracias por compartir una parte de ti 😉

              Le gusta a 1 persona

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Esta entrada fue publicada en 10/01/2017 por en Cuento contemporáneo y etiquetada con , , , , , , , , , , , .
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