Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El alfarero

En aquel remoto tiempo en el que pocas calles estaban empedradas y el único medio de transporte eran los burros y alguna que otra carroza, vivió un rico mercader que gracias al duro trabajo y a una afortunada venta de seda china, se construyó una gran mansión en la capital, a orillas del río.

En su nueva casa era feliz. Cada mañana se asomaba a la ventana para ver pasar las grandes barcazas, que transportaban sus mercancías rumbo a los más importantes puertos del mundo, y cada vez que lo hacía, escuchaba la triste tonada de un alfarero que, bajo su ventana, giraba su torno para hacer vasijas con el barro que extraía de la cercana ribera:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Después de un mes entero escuchando la misma cantinela, su curiosidad pudo más y el comerciante decidió descubrir por qué aquel hombre la entonaba sin cesar.

Se disfrazó con prendas humildes y esperó hasta que el alfarero recogió sus enseres y se marchó. Entonces, lo siguió por un laberinto de calles, callejas y callejuelas hasta llegar a un alejado barrio en el que a cada paso que daba, las casas se hacían más pobres y miserables. Finalmente, descubrió que en el último rincón, en la chabola más paupérrima y mísera, el alfarero y su familia malvivían en la inopia más absoluta.

El mercader, sin haber descubierto nada más, regreso a su hogar.

Pasaron los días, y el comerciante estaba cada vez más obsesionado con el sonsonete del alfarero:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Indagó en el barrio, pero nadie supo darle cuenta, así que, un buen día, bajó a la calle y le preguntó al alfarero directamente:

—¡Dime!, ¿qué fue lo que tapaste?

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee… Nunca se lo he contado a nadie, si te lo cuento, debes jurarme que guardarás el secreto…

—¡Te lo juro por mi vida!

Y, bajando la voz, el alfarero empezó a hablar:

—Yo la tape… y ahora no tengo más remedio que trabajar las veinticuatro horas del día e incluso todas las noches, porque tengo trece hijos a los que alimentar. ¡Imagínate, trece! Sin olvidar, claro, a la madre que los trajo al mundo. ¡Quince bocas a las que dar de comer contando la mía! Y todo porque yo la tape. ¡La tape yo!

Desconcertado, el mercader le rogó que siguiera con su historia. El alfarero miró a derecha e izquierda para comprobar que nadie escuchaba, y siguió contado:

—Todo empezó por un sueño. En él, yo la tapé, ¡la tapé yo! Me soñé a mí mismo en un verde prado, a mi alrededor había infinidad de fuentes: unas lanzaban el agua muy alto; otras a media altura; y otras eran muy chiquitas y casi no lanzaban agua. Entre las fuentes, paseaba un hombre muy viejo, con una larguísima barba blanca que le llegaba al suelo. Se apoyaba en un bastón. En mi sueño, yo sabía que era el guardián de las fuentes y le pregunté qué significado tenían. Me contestó que esas fuentes representaban a las personas, que las fuentes altas eran las de los ricos riquísimos; las fuentes medianas eran las de los que se ganaban el pan trabajando duro; y las fuentes chiquitas eran las de los que se deslomaban trabajando de sol a sol y casi no tenían ni para comer. Yo, necio de mí, le pregunté cuál era la mía y él me señaló una fuente diminuta, una nadita de fuente que apenas se elevaba del suelo y que no tenía ni fuerza para brotar.

El alfarero se detuvo, de pronto, y gimoteando repitió:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Pero enseguida se repuso y continuó:

—Cuando el viejo no miraba, agarré un palo y traté de ensanchar mi fuente para que pudiera elevarse alta y abundante, pero en lugar de ensancharla, el palo se quedó atorado y la fuente dejó de brotar. Y ya no pude hacer nada porque, justo en ese instante, me desperté. Desde entonces, canto todo el tiempo: «yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…», para que el viejo sepa que no es que mi fuente se haya secado, sino que fui yo el que la tapó. Para que entienda que necesito alimentar a mis trece hijos, a la madre que los trajo al mundo y a mí mismo  Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

En silencio, el mercader se alejó. En la distancia seguía escuchándose la desentonada y triste cancioncilla del alfarero:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

De regreso a su casa, deseoso de ayudar a aquel infeliz, se dirigió a la cocina y ordenó que prepararan un pollo relleno, el más grande que encontraran, y que pusieran en su interior, además de ciruelas, orejones y pasas, esmeraldas y diamantes, y que se lo entregaran al alfarero sin desvelar la procedencia.

Un mensajero partió con su encargo y después de recorrer un laberinto de calles, callejas y callejuelas encontró la paupérrima y mísera casa del alfarero y le entregó el regalo.

Al día siguiente, el mercader abrió la ventana, y cuál no sería sorpresa al escuchar:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

Bajo corriendo a la calle:

—¿Por casualidad no recibiste anoche un regalo?

—¿Un regalo? Sí, un regalo envenenado. ¡Imagínate que a alguien se le ocurrió enviarme un pollo relleno! ¿Cómo voy a comer pollo? ¿Cómo les voy a dar pollo a mis trece hijos y a mi mujer? ¿Qué pasa si se acostumbran? ¿Qué hago yo después? ¿Dónde consigo otro pollo? ¡Menudo aprieto! No sé quién ha sido el malintencionado que me mandó ese regalo, pero si me entero…

«He sido un iluso —se dijo a sí mismo el mercader—, ese hombre es muy humilde y un pollo relleno no va a solucionar sus problemas».

Volvió a su casa y después de dar vueltas al asunto, trazó un plan «perfecto». Sabía que cada domingo, el alfarero cruzaba el río de madrugada para ir al mercado a vender sus cacharros, así que el siguiente domingo esperó tras una columna del puente y cuando vio que se acercaba, colocó una bolsa llena de monedas de oro en medio del paso. Con lo que contenía, la vida del hombre quedaría solucionada. ¡Qué digo!, en aquella bolsa había suficiente dinero para solucionar la vida a cuatro alfareros y a todos sus hijos.

El alfarero, cargado con sus ollas y su tristeza, esquivó la bolsa sin detenerse a mirarla siquiera y siguió su camino entonando su canción:

—Yo la tapeeeee. La tapeeeeeeee yoooooo. Yo la tapeeeeee…

El mercader, salió de detrás de la columna, recogió la bolsa y regresó a su casa cabizbajo y meditabundo: «he aprendido que no soy el único responsable de la dicha de los demás, ni tampoco de su desgracia. Cada ser humano debe ser el principal responsable de su vida y ser responsable de su vida significa aprender a leer las señales que esta nos pone delante».

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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45 comentarios el “El alfarero

  1. Pingback: El alfarero – Espacio de Arpon Files

  2. Óscar
    09/03/2017

    Ni dándole las llaves de una casa nueva al pobre alfarero… Besitos

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  3. Borgeano
    22/12/2016

    Creo que todos, en uno u otro momento de nuestras vidas hemos sido alguno de los personajes. Posiblemente más del lado del rico mercader (aunque no seamos mercaderes ni, mucho menos, ricos). A lo que me refiero es que todos, creo o supongo, hemos querido arreglar la vida de alguien más –a veces con las mejores de las intenciones– cuando ni siquiera podíamos arreglar las nuestras.
    Un buen cuento que nos permite seguir reflexionando.

    Un abrazo.

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    • Martes de cuento
      23/12/2016

      Cierto, Borgeano. Siempre es más fácil criticar que actuar; enmendar que construir; corregir que crear… Y siempre queremos solucionar las vidas ajenas cuando no sabemos ni cómo arreglar las nuestras.
      Cuando alguien me da consejos sin haberlos pedido, me suelo acordar de esta frase…

      Le gusta a 1 persona

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Esta entrada fue publicada en 06/12/2016 por en Cuento popular y etiquetada con , , , , , , , , , .
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