Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

Vardiello

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Ilustración: Cuentos para siempre

Tenía doña Grannonia de Aprano gran juicio, pero su hijo Vardiello era el más simplón de todo Nápoles. Pese a ello, y porque los ojos de una madre están encantados y trasvén, sentía la mujer por su retoño un amor tan grande, que todo se lo disculpaba siempre; continuamente lo amparaba y lo lisonjeaba como si fuera la criatura más perfecta del mundo.

Doña Grannonia tenía una gallina clueca que estaba incubando a sus polluelos y en ellos había puesto la buena mujer muchas esperanzas para sacar algún beneficio.

Un día, que tenía que ausentarse de casa para resolver diversos asuntos, llamó a su hijo y le dijo:

—Preciosura de mamá, escúchame bien, no pierdas de vista a la gallina, y si se levanta para picotear, la haces volver al nido sin tardanza, de lo contrario, los huevos se enfriarán y no darán pollitos.

—Déjamelo a mí —dijo Vardiello— que no hablas con un sordo.

—Otra cosa —añadió la madre señalando un bote— ni se te ocurra comer lo que hay en ese tarro, que es una cosa muy venenosa y estirarías la pata.

—¡Ni mirarlo! —respondió Vardiello— Bien has hecho en avisarme, pues, la verdad es que me parecieron nueces confitadas.

Se marchó la madre dejando a Vardiello solo, y él, que se aburría, se fue al huerto a hacer agujeros en el suelo. Estaba en lo mejor de la faena, cuando levantó la vista y vio que la gallina había abandonado su nido, por lo que se puso a gritar:

—¡Tita, tita, tita! ¡Vuelve al nido!

Pero la clueca ni caso y Vardiello, viendo que la gallina tenía cruce con borrico, la emprendió a zapatazos con ella. Después, le lanzó su gorra y, finalmente, un bastón, que la alcanzó de pleno y la dejó frita.

Vardiello, al ver tal desaguisado, pensó en remediar el daño y para que los huevos no se enfriasen, se bajó los pantalones y se sentó en del nido; pero calculó mal la distancia, cayó con demasiada fuerza e hizo una tortilla. Cuando vio la escabechina, pensó en estrellarse contra la pared, pero oyendo que el estómago le rugía, se decidió a desplumar la clueca, la espetó en un asador, encendió una gran hoguera y la asó. Cuando vio que estaba casi lista, para hacerlo todo como es debido, extendió un precioso mantel y tomó un jarro para bajar a la bodega a buscar un poco de vino.

Justo lo estaba escanciando, cuando oyó un guirigay por la casa y, espantado, vio que un gatazo se había apoderado de la clueca, incluido el espetón, y que otro gatazo lo perseguía, reclamando con fieros maullidos su parte. Vardiello se lanzó, cual león furioso, en persecución de los gatos y, con las prisas, dejó abierto el cañito del barrilejo.

Por fin, después de jugar a pillapilla por toda la casa, recuperó la gallina y volvió a la bodega, para descubrir que el barrilejo se había vaciado y, para no ser menos, también él se puso a vaciar el tonel de su alma por los cañitos de sus ojos.

Quiso, a continuación, enmendar este nuevo daño para que su madre no reparase en tanta catástrofe; cargó un costal llenísimo de harina y la esparció sobre lo mojado.

A pesar de ello, sacando cuentas con los dedos de las calamidades ocurridas y pensando que con tamañas burradas perdería el afecto de Doña Grannonia, tomó la valiente resolución de no dejarse hallar vivo por su madre. Agarró el tarro de nueces confitadas, el que la madre le dijera que era veneno, y no paró hasta dar con el fondo. Al acabar, con la barriga bien llena, se encerró en el horno.

En el ínterin regresó la madre y, después de un buen rato, viendo que nadie le abría la puerta, la abrió ella misma de una patada y entró, llamando a voces a su hijo. Como no obtenía respuesta, presintió una desgracia y, con redoblado afán, levantó la voz aún más:

—Vardiello, Vardiello, ¿te has quedado sordo que no me oyes? ¿Dónde te escondes, lerdo? ¿Dónde te has metido, mal hijo?

Vardiello, sin poder resistir más, con una vocecilla que inspiraba lástima, lloriqueó:

—Estoy dentro del horno, mamaíta, pero ya no me verás más.

—¿Por qué? —preguntó con desespero la pobre madre.

—Porque me he envenenado —replicó el hijo.

—¡Ay! — añadió doña doña Grannonia— ¿Qué motivo tenías? ¿Quién te ha dado el veneno?

Y Vardiello le contó todas las proezas que había llevado a cabo, por todo lo cual quería morir para no hacer más experimentos en el mundo.

Como la pobre mujer lo quería con locura, le quitó de la mollera el asunto de las nueces, convenciéndolo de que no eran veneno, sino medicina para el estómago. Así, una vez que lo calmó con buenas palabras y después de hacerle mil arrumacos, consiguió sacarlo del horno, y para entretenerlo, le entregó un bonito paño con el encargo de que lo fuese a vender, pero le advirtió de no tratar del negocio con personas de demasiadas palabras.

—Ahora he de servirte como es debido, ¡no lo dudes! —dijo Vardiello.

Y con el paño bajo el brazo, fue gritando por la ciudad:

—¡Vendo paño! ¡Paaaaañooooo!

Pero cuando le preguntaban:

—¿Qué clase de paño es?

Respondía:

—No vales, que hablas demasiado.

Y si le decían:

—¿A cuánto lo vendes?

Él salía con que eran charlatanes, que lo mareaban o que le habían roto los tímpanos con sus monsergas.

Por fin, divisó una estatua en el jardín de una casa, que estaba deshabitada por culpa de un duende, y extenuado de tanto dar vueltas, se sentó en un murete y preguntó a la figura:

—Dime, amigo, ¿vives en esta casa?

Viendo que no obtenía respuesta, le pareció hombre de pocas palabras y agregó:

—Si quieres comprar este paño, te lo vendo barato.

Y como la estatua seguía callada, añadió:

—Un hombre de pocas palabras, ¡justo el comprador que buscaba! Aquí te dejo el paño. Examínalo con calma y dame por él lo que creas justo. Mañana vendré a por el dinero.

Dejó el paño al pie de la estatua y se marchó.

No pasó mucho rato, cuando entró un hombre al jardín para hacer sus necesidades, halló el paño y se lo llevó consigo.

Llegó Vardiello a casa sin el paño y le contó a su madre lo ocurrido. A la pobre mujer poco le faltó para que le estallase el corazón:

—¿Cuándo sentarás la cabeza, majadero? ¡Mira la de malas pasadas que me has jugado! ¡Solo me faltaba esta!

Vardiello, por su parte, le decía:

—¡Calla, madre, que no será como piensas! Qué te crees, ¿que soy tonto y que no sé qué me hago?

Llegada la mañana, cuando las sombras de la Noche perseguidas por los esbirros del Sol abandonaban Nápoles, Vardiello se fue al jardín en el que estaba la estatua, y le dijo:

—Buen día, caballero, ¿puedes pagarme el paño?

Pero viendo que la estatua permanecía muda, se enfadó tanto, que agarró una piedra y se la lanzó con todas sus fuerzas a la cabeza. Cayó decapitada la estatua y dejó al descubierto una vasija llena de monedas de oro, que Vardiello se apresuró a llevar a su casa:

—¡Madre, madre!, ¡mira cuántos altramuces!

La madre, al ver las monedas y sabedora de que su hijo contaría la aventura a diestro y siniestro, le dijo que esperara en la puerta porque tenía que espantar un fantasma que se había colado en la casa.

Vardiello, que se lo tragaba todo, se sentó ante la puerta y, entretanto, la madre, desde la ventana de arriba, lanzó sobre él durante más de media hora pasas e higos secos, que él recogía gritando:

—¡Madre, madre, si sigue lloviendo así, nos hacemos ricos!

Cuando terminó de recoger, estaba tan cansado que se fue a dormir.

Días después, ocurrió que se peleaban dos vecinos, maleantes ambos, por un escudo de oro que habían encontrado en el suelo. Al verlos, Vardiello dijo:

—Vaya borricos que sois para discutir tanto por un altramuz. ¡Si ni siquiera se pueden comer! Lo sé porque yo encontré una olla repleta.

Los que estaban cerca, al escucharlo, le preguntaron dónde, cómo y cuándo había encontrado esos altramuces que no se podían comer. Y Vardiello respondió:

—Los encontré en un palacio, dentro de un hombre mudo. Fue el día de la lluvia de pasas e higos secos.

Como todos sabían lo simple que era, supusieron que aquello era fruto de su imaginación y se olvidaron del asunto.

Así, el buen juicio de la madre puso remedio a las burradas del hijo. Por eso podemos decir, sin miedo a equivocarnos, que a piloto diestro, no hay mar siniestro.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Si quieres, también puedes escuchar “Vardiello” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

56 comentarios el “Vardiello

  1. Anónimo
    07/11/2016

    Muy chulo,,,,

    Le gusta a 1 persona

  2. Maribel
    06/11/2016

    Que bien se complementan madre e hijo, me he reido de como la madre como todas las madres tenemos que torear con los hijos las situaciones que no controlan jejejje besss Feliz finde

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      07/11/2016

      La madre se bebe los vientos por su hijo, pero no es tonta y también sabe cómo tratarlo para que su tontería no los perjudique 🙂 ¡Feliz lunes, Maribel!

      Le gusta a 1 persona

  3. Llego de un vuelo sobre nubes para aterrizar en esta isla imaginada y encontrarme con los despropósitos de un niño que me ha caído muy simpático, porque es la mejor caricatura de la torpeza, y ésta, en un mundo lleno de perfectos pluscuamperfectos, no se perdona. He disfrutado de sus “aventuras”, de su amantísima madre, del desarrollo del cuento, del lenguaje… ¿Se nota que me ha encantado?
    Querida amiga, ¡gracias! Un fuerte abrazo.

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    • Martes de cuento
      31/10/2016

      🙂 Tienen razón, Isabel, estamos tan obsesionados con la perfección a todos los niveles que, en ocasiones, olvidamos que lo imperfecto también puede ser bonito y llegar a despertar ternura.
      A mi gusto, los cuentos clásicos tienen la magia de atraparnos, porque aunque suelen llevar una enseñanza implícita, se escribieron, en primer lugar, como divertimento para oyentes de cualquier edad. Creo que por eso siguen tan vigentes, porque nos cuentan cosas sobre nosotros elevadas casi al absurdo y nos es fácil comprender su mensaje.
      ¡Un abrazo y bienvenida a la Isla!

      Le gusta a 2 personas

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Esta entrada fue publicada en 25/10/2016 por en Cuento clásico y etiquetada con , , , , , , , , .
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