Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El ratón de campo y el ratón de ciudad

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Ilustración: Audrey Benjaminsen

En un pequeño pueblecito en medio de las montañas, vivieron hace muchísimo tiempo dos amigos que, por cuestiones que ahora no vienen a cuento, tuvieron que separarse, de modo que uno de ellos acabó quedándose a vivir en el campo y el otro se fue a vivir a la capital.

Pasaron muchos años sin verse, hasta que, un día, el ratón de ciudad decidió regresar a su antiguo hogar y hacerle una visita a su viejo amigo del pueblo para demostrarle lo mucho que había triunfado en la vida. Eligió con cuidado las mejores galas de su ropero y se puso en marcha.

Llegó a su antiguo pueblo ataviado con un elegante frac, sombrero de copa y pajarita de seda. Completaba su atuendo un monóculo, que a él le parecía que le daba aspecto de persona importante, a través del cual lo observaba todo con aires de grandeza.

El campesino lo recibió con el sombrero en la mano y haciendo mil reverencias.

—Amigo mío —saludó el elegante ratón con altanería— veo que sigues viviendo tan pobremente como cuando me marche de aquí. Lo digo por tu pantalón ajado y por tu casa tan rústica; en ella no hay comodidades. ¡A mí me sería imposible vivir así! Me gustaría que fueras a visitarme uno de estos días. Será un placer para mí enseñarte mi confortable hogar y hacerte gustar los refinados manjares de mi despensa. ¡A buen seguro que no podrás creer lo que ven tus ojos! ¡Ni te imaginas lo que significa ser rico!

El campesino, mortificado por aquel tono despectivo y petulante, le prometió que al cabo de una semana viajaría a la capital para devolverle la visita.

En efecto, cuando al cabo de siete días llegó a la urbe, se quedó anonadado con todo el bullicio que allí había y cuando vio el palacio en el que habitaba su amigo, no daba crédito a sus ojos: altas almenas que se perdían entre las nubes, más altas que las montañas de su pueblo; jardines interminables, más amplios que los campos de trigo que rodeaban su vivienda; y un continuo ir y venir de gente, que le recordó a sus vecinas, las atareadas hormigas.

El anfitrión lo introdujo por una puerta ricamente decorada y lo guió por salones lujosamente amueblados, interminables pasillos, estancias llenas de espejos, dormitorios decorados con impresionantes camas con dosel y cortinajes de terciopelo…

Al final de su recorrido, llegaron a la gran cocina. El anfitrión abrió la despensa y con tono condescendiente y fatuo dijo:

—¡Sírvete! Come todo lo que gustes: jamón del mejor, quesos de todas clases, frutas exóticas, encurtidos, salazones… —Y, mientras hablaba, iba señalando con orgullo las delicias ordenadas sobre las estanterías.

Pero interrumpió bruscamente su discurso porque la puerta de la despensa se abrió de súbito y apareció la cocinera.

—¡Rápido! ¡Escóndete! —advirtió el dueño de la casa— ¡Detrás de la nevera!

Al marcharse la cocinera y quedarse de nuevo solos, empezaron a cenar. ¡Y vaya cena!, porque se debe reconocer que en aquella despensa todo era de la mejor calidad, fresco y exquisito. ¡Hasta de aquel trozo de queso que había en un rincón de la despensa se desprendía un olor delicioso!

El ratón de campo acercó su hocico para olisquear aquel manjar y, de pronto, se escuchó un chasquido, ¡clac!, y varios pelos de su bigote quedaron atrapados en una especie de pinza metálica.

—¿Qué es esto? —gritó asustado.

—¡Nada, nada! Tranquilo, no tiene importancia. No te asustes. Es una vieja y anticuada trampa. Solo hace falta ir con cuidado y hacer saltar el resorte. Si tienes un poco de maña, después puedes comerte el queso tranquilamente.

—¡Uy, no! Prefiero mantenerme a distancia. En eso rincón veo un jugoso trozo de tocino que parece muy fresco y sabr…

—¡Nooooooooooooo! ¡Ni te acerques, insensato! Es ley universal que cualquier alimento colocado en una esquina está envenenado. Los humanos están obsesionados con eliminar ratones a toda costa. La cocinera de esta casa también pretende acabar conmigo, pero no tiene nada que hacer. Soy inmune a trampas, venenos ¡incluso al gato…!

—¡¿Pero cómo?! ¡¿Qué también hay un gato?!

—Sí, pero está muy bien alimentado y se pasa el día durmiendo. Sería un milagro que se le ocurriera venir aquí de noche. No te preocupes y sigue cenando. ¿Te apetece un poco de este salmón?

Justo en aquel momento, proveniente de la zona más oscura de la cocina, llegó hasta sus oídos un misterioso ruido que puso los pelos de punta al ratón de campo. Eran pasos muelles, cautelosos como si llegara…

—¡El gatooooooooooo! ¡Ha entrado por la ventana! ¡La habrá dejado abierta la cocinera por descuido! ¡Huyamos! ¡Sígueme! ¡Por aquí, por aquí! —se apresuró el dueño de la casa.

El asustado visitante, precedido del anfitrión, atravesó a toda velocidad salas, corredores y habitaciones hasta que ambos fugitivos se precipitaron, hechos un ovillo, en un hueco que había bajo una escalinata y allí, casi sin resuello, se quedaron escondidos, sin mover ni una pestaña, muy cerca de la puerta principal por la que horas antes había entrado el ratón de campo al palacio.

Permanecieron allí hasta que la cocinera, muy de mañana, abrió las puertas que daban al jardín, entonces se escabulleron y se encaminaron juntos hacia el límite de la ciudad. Al despedirse, el ratón elegante le pidió al ratón campesino que repitiera la visita la semana siguiente, puesto que los acontecimientos les habían impedido celebrar una cena tranquila.

—¡Ni hablar! ¡De eso nada, amigo mío! Cuando quieras que cenemos juntos, ven a mi casa si te apetece. Estás siempre invitado. Comeremos maíz, roeremos pan duro y, con suerte, un poco de tocino o queso pasado, pero al menos haremos la digestión tranquilos y sin sobresaltos. En mi casa no hay ni trampas, ni venenos, ni gatos, ni cocineras.

Aunque esta respuesta molestó un poco al altivo ratón de ciudad, en su fuero interno no tuvo más remedio que reconocer que el sencillo ratón campesino tenía toda la razón del mundo.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Si quieres, también puedes escuchar “El ratón de campo y el ratón de ciudad” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

60 comentarios el “El ratón de campo y el ratón de ciudad

  1. Óscar
    19/07/2016

    Y es que no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita. Además, ser feliz no es tener lo más caro, es vivir tranquilo aunque tengas lo más barato. Besitos

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      19/07/2016

      🙂 ¡Tú si que sabes, querido Óscar! Hay filosofías que creo que muchos de los que frecuentamos Isla Imaginada tenemos en común. ¡Un beso kilométrico! 😉

      Le gusta a 1 persona

  2. Pingback: El Laboratorio del Ratón | A Los 4 Vientos

  3. marguimargui
    12/07/2016

    No más necesito que me quieras para tenerlo todo, no más quiero que te quedes que riquezas no quiero, solo con ver tu sonrisa, por los rincones y muero
    Besos mi martes pasado jjjj

    Le gusta a 2 personas

  4. Maribel
    11/07/2016

    Soy urbanita no lo puedo evitar pero con ramalazos de campo,, ummm soy un ratoncillo entre flores y asfalto, xDD

    Le gusta a 1 persona

  5. De poco sirve tener mucho si no se puede disfrutar de ello y menos aún ir presumiendo. ¡Qué estrés por favor,jajajaja. Me encanta el cuento,la ilustración y los comentarios. Por aquí nunca nos aburrimos.
    Un besazo Martes.
    Feliz día para todos.

    Le gusta a 2 personas

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Esta entrada fue publicada en 05/07/2016 por en Fábula y etiquetada con , , , , , , , , .
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