Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El pescador y el genio

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Ilustración: Ada Sinache

Hace mucho, muchísimo tiempo en un lejano país vivió un anciano pescador que tenía la costumbre de echar su red al agua solo cuatro veces al día y nada más. Una mañana, se dirigió al acantilado donde solía pescar, dejó su cesta en el suelo, echó la red al agua y esperó a que se hundiera. Cuando tocó fondo, el pescador recogió las cuerdas para sacar la pesca a la superficie y, al empezar a tirar, notó mucho peso. Tiró contento con más fuerza, pensando que sacaría muchos peces, pero solo pescó un borrico muerto.

Al verlo, exclamó desconsolado:

—¡Qué mala suerte he tenido! Paciencia.

Exprimió el agua de la red, la volvió a lanzar con todas sus fuerzas y aguardó a que llegara al fondo. De nuevo tiró de ella para sacarla y notó que pesaba más que antes, por lo cual creyó que esa vez si estaría repleta de buena pesca. Consiguió al fin sacarla a flote con gran esfuerzo y encontró un cofre enorme, lleno de arena y cerámica rota.

Cuando vio la pesca, se lamentó de su mala suerte:

—¡Qué tristeza! ¡Tanto esfuerzo para nada! ¡Salgo de casa en busca de Fortuna y resulta que Fortuna hace tiempo que se mudó! ¿Es así, Fortuna, como dejas a los sabios sin nada para que los necios se queden con todas las riquezas de este mundo?

Después, lanzó la red por tercera vez y, al sacarla, la encontró llena de cacharros, suciedad y vidrios, pero ni un solo pez y se lamento de nuevo:

—¿Ignoras, ingenuo, que ni tu pluma de caña ni las líneas armoniosas de tu escritura han de enriquecerte jamás, como tampoco la pesca podrá hacerlo? Solo echo la red cuatro veces al día, ¡y ya van tres!

Por cuarta vez, lanzó la red y esperó a que tocase el fondo. Tampoco en esta ocasión, a pesar de todos sus esfuerzos, conseguía recogerla, pues a cada tirón que daba, parecía que más se enganchaba en las rocas del fondo. Entonces se desnudó, se lanzó al mar y maniobrando alrededor, consiguió desprender la malla y la arrastró hasta la playa. Al abrirla, encontró dentro una tinaja dorada que tenía la boca cerrada con una pesada tapadera. Sobre ella, había grabados unos signos muy extraños que parecían antiquísimos y de los que no entendió el significado.

El pescador exclamó feliz:

—No hay peces, pero venderé la tinaja. ¡Me darán un buen dinero por ella!

La intentó cargar, pero era tan pesada que ni se movió. Entonces, el pescador dijo para sí: «No tengo más remedio que abrirla; meteré en mi saco todo lo que contenga y luego lo venderé por partes». Sacó el cuchillo y rompió el sello de plomo. Empujó con todas sus fuerzas el pesado recipiente para intentar volcarlo y vaciar el contenido en la arena, pero al hacerlo, de dentro solo se escapó una espesa humareda que formó una extraña columna. El pescador no salía de su asombro.

Una vez que hubo salido todo el humo, comenzó a condensarse en torbellinos, y al fin se convirtió en un genio que llegaba a las nubes. Su cabeza era como una cúpula; sus manos semejaban rastrillos; sus piernas eran mástiles; su boca una caverna; sus dientes, piedras; su nariz, una alcarraza; sus ojos, dos antorchas y su barba aparecía revuelta y enmarañada.

Al ver al genio, el pescador quedó mudo de espanto, temblándole las carnes, encajados los dientes, la boca seca, y los ojos cegados con la luz que desprendía aquel gigantesco ser.

El genio, mirando al pescador, le suplicó:

—¡Por favor, no me mates!

—¿Matarte yo?, ¿un humilde pescador? —replicó el anciano— ¡Imposible! Pero, por favor, cuéntame tu historia ¿qué hacías encerrado en esa tinaja?

Entonces el genio contestó:

—Así que no fuiste tú… Así que solo eres un pescador… Entonces te daré una buena noticia…

—¿Qué noticia es esa?

—Te dejo elegir el modo en el que vas a morir.

—¿Cómo? ¿Pero yo qué te he hecho? ¿Por qué deseas mi muerte? Te he salvado; te he liberado de tu cárcel.

—Te contaré mi historia, pescador. Soy un poderoso genio al que, mediante engaños, consiguieron encerrar en esta tinaja, que luego sellaron y lanzaron al mar. Al principio decía: «Haré inmortal a quien me libere», pero pasaron cien años y nadie me liberó. Después me dije: «Daré incontables tesoros a quien me libere», pero pasaron doscientos años y nadie me liberó. Entonces pensé: «Concederé tres deseos a quien me libere», pero pasaron cuatrocientos años y nadie me liberó. En los siguientes ochocientos años, me encolericé y me dije: «Mataré a quien me libere, aunque dejaré que elija el modo de morir».

El pescador le contestó:

—¿Es así como devuelves mal por bien?! ¡Los malvados no conocen la gratitud!

—Ya hemos hablado bastante, ¡elige!

Viéndose perdido, el pescador recurrió a la astucia:

—Ya que tengo que morir, me concedes, al menos, que antes te haga una pregunta para saciar mi curiosidad.

—Pregunta, que yo te responderé con la verdad.

—¿Cómo siendo tú tan grande es posible que quepas en esta tinaja tan pequeña?

—Es muy fácil, ¡fíjate!, puedo convertirme en humo.

Y el genio comenzó a agitarse y se convirtió de nuevo en una espesa humareda que subía hasta el cielo. Después, se fue condensando y empezó a entrar en la tinaja dorada, poco a poco, hasta desaparecer por completo. Entonces, el pescador cogió rápidamente la tapadera, tapó el recipiente y lo volvió a echar al mar con el genio dentro.

En la orilla, colocó un gran letrero advirtiendo de que, si alguna vez alguien encontraba aquella tinaja, por nada del mundo debía abrirla. Fue en ese cartel donde nosotros leímos esta historia y así os la hemos contado.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Si quieres, también puedes escuchar “El pescador y el genio” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

55 comentarios el “El pescador y el genio

  1. Mark Armstrong
    29/01/2017

    If I were the fisherman, I would have said: let me get on the internet and read all the wonderful Martes De Cuento stories– then I can die of pure happiness! Yes, I’ve always been a quick thinker… : )

    P.S. Sorry I’ve been away so long– thanks for leaving out the Welcome mat! : )

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  2. srajumbo
    04/07/2016

    Jjaja si ya dice el refrán que la curiosidad, mató al gato. Claro que yo, también la habría abierto.

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  3. cmacarro
    17/06/2016

    Siempre me ha dado claustrofobia pensar cómo un genio podía pasarse tanto tiempo encerrado en una tinaja, en una lámpara o similar. Pero viendo lo torpe que es este, se lo merece. Solo una pregunta ¿Crees que un cartel va a frenar la curiosidad del próximo que se lo encuentre? Ja,ja,ja Aunque seguramente para entonces, el genio habrá cambiado “el premio” que dará a quien le libere.
    Una pregunta: ¿Habrá tinajas vacías que podamos usar para meter a algún o algunos políticos por unos cientos de años?
    El cuento está muy bien contado, valga la redundancia.

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    • Martes de cuento
      17/06/2016

      😀 😀 Yo me imaginaba que dentro de la lámpara tanto el tiempo como el espacio era distinto que fuera y que los genios se hacían pequeñitos “a escala”.
      En cuanto a lo del cartel, ¡eso decíamos con Óscar!, que para el caso que se hace en general a las advertencias, da igual que haya o no letrero, que alguien no tardará en volver a pescar y abrir la tinaja. Y sí, hay muchas vacías, el problema es que creo que se ha perdido la fórmula para convertir a según qué personajes en humo, ya que son ellos, precisamente, los que lo gestionan y han visto que es buen negocio venderlo 😀 😀

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Esta entrada fue publicada en 14/06/2016 por en Cuento clásico y etiquetada con , , , , , , .
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