Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

La princesa, el pañuelo y la cabra

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Ilustración: pepperin

Esta historia la hemos inventado especialmente para Der Ketzer, que nos escribió hace un tiempo y, entre otras cosas, nos dijo: 
«Cuando era pequeña mi madre nos contaba un cuento, uno de muchos, que a grandes rasgos contaba… […] cuando le he preguntado a ella, ni recuerda el cuento ni de dónde lo sacó. Es posible que incluso se lo hubiera inventado […]  Es un cuento que siempre me gustó, pero el tiempo ha hecho que se vaya borrando de mi memoria y no querría perderlo para siempre».
Aunque de momento aún no hemos podido localizar el cuento que nos pidió, esperamos que, mientras tanto, disfrutéis leyendo este.
a

Pasó o no pasó, ¡quién sabe!, en un remoto reino muy cerca de aquí, una historia poco cierta, aunque ciertamente muy verídica, que con el paso de los años se fue borrando de la memoria de un desmemoriado hasta que, un buen día, cansada de que nadie la recordara, se enganchó en las alas del viento y voló hasta nosotros. Prestad atención, que ahora empieza…

En un país a medio camino entre el mar azul y las verdes montañas, vivió el Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed en un irisado palacio de cristal de roca, con puertas y ventanas de oro macizo.

Junto a él vivía su hija Zaida, una inteligente joven cuyas únicas pasiones eran leer y estudiar y en eso ocupaba casi todas las horas del día, encerrada en sus aposentos.

Mehmed Abd-ul-Hajmed amaba a su hijita sobre todo y sobre todos y el más mínimo deseo de la joven era satisfecho de inmediato, antes incluso de que ella lo pidiera en voz alta. Pero aquella vez…

Faltaba menos de un mes para el cumpleaños de la princesa y su padre todavía no sabía qué regalarle. Su hija poseía una inmensa biblioteca, un fastuoso vestuario, las más ricas joyas, caballos, perros, juguetes, incluso un dragón amaestrado… En fin, que tenía todo lo que existía en este mundo que a una muchacha se le pudiera antojar. Pero aun así, el Gran Sultán deseaba sorprender a su hija, por lo que confió a su mejor espía, Ipsum Garrula, un moscardón que hablaba siete idiomas, la delicada misión de descubrir qué era lo que deseaba la joven heredera.

Raudo y veloz, el bicho aleteó hasta los aposentos donde Zaida pasaba largas horas inclinada ante sus libros y allí permaneció durante todo el día, atento a lo que sucedía en la real estancia…

Las sirvientas entraron y salieron con primorosos ropajes con los que vistieron a Zaida; pero Zaida ni se miró en el espejo y siguió absorta en sus libros.

El jardinero entró y salió con exóticas y coloridas flores, que fue colocando en todos los jarrones; pero Zaida no parecía percibir el dulce aroma que se desprendía de ellas, ni apreciar sus vivos colores.

La cocinera entró y salió con exquisitas viandas, pero Zaida comió sin apartar los ojos del libro, sin saborear aquellos deliciosos manjares elaborados especialmente para ella…

Fue pasando el día y ella continuaba concentrada en su lectura, como si el resto del mundo no existiera.

Ya creía el moscardón que no podría cumplir el encargo del Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed, cuando Zaida lo sobresaltó al exclamar enfadada:

—¡Qué pelo tan molesto!, ¡necesito atarlo con un pañuelo que no resbale!

Y es que la larga y sedosa melena de la princesa se soltaba continuamente y corría una oscura cortina sobre sus ojos azabache que le impedía leer sus libros.

Al oír aquello, el moscardón no espero ni un segundo más. Emprendió un vertiginoso vuelo y fue a zumbar la noticia al oído del gran Sultán:

—Bzzzzzzzzzz, bzzzzzzzzz, la princesa necesita un pañuelo, bzzzzzzz, bzzzzzzz.

—¡¿Un pañuelo?! –Se extrañó Mehmed Abd-ul-Hajmed— ¡Por Alá! ¿Acaso está acatarrada? ¡A mí la guardia!, ¡llamad a los médicos! —añadió alarmado.

—Bzzzzzzzz, ¡Calma majestad! Zaida está sana como una rosa, ¡no necesita un médico!, lo que necesita es un pañuelo para el pelo; pero tiene que ser un pañuelo que no resbale bzzzzzzzzzzzzz.

Al Gran Sultán le faltó tiempo para enviar a todos sus mensajeros a buscar lo que deseaba la princesa. Zocos, mercados y tiendas. Sastres, modistas y talleres. Buhoneros, casas, baúles, ropavejeros… Se registró hasta el más recóndito rincón del reino, pero sin éxito.

Cuando faltaba solo un día para el cumpleaños de Zaida y ya se había perdido toda esperanza, vieron, por fin, lo que habían estado buscando con tanto ahínco sujetando la barba de cuatro metros y veintisiete centímetros de un marinero que acababa de atracar su goleta en la ciudad.

Pagaron por aquel pañuelo un precio desorbitado y regresaron a toda prisa al palacio. Allí, la prenda fue lavada, almidonada, planchada y primorosamente envuelta para ofrecerla como regalo de cumpleaños a la joven princesa.

Al día siguiente, cuando Zaida abrió el paquete, quedó deslumbrada al contemplar el precioso pañuelo, que era de un color verde tan intenso, que podía creerse que había sido tejido con hierba recién regada por la lluvia. Sin demora, se ató el largo pelo con él, se marchó a su habitación y se puso a leer.

Tanto le gustaba su pañuelo, que no se lo quitaba ni para dormir y el precioso color verde, como de hierba recién regada por la lluvia, se fue oscureciendo hasta acabar siendo más negro que las negras plumas de un cuervo en plena noche.

Finalmente, Zaida no tuvo más remedio que admitir que ser tan cochina no era propio de una princesa, así que se soltó el pelo y mandó lavar su preciado regalo de cumpleaños. Sus sirvientes se dirigieron al río y frotaron y frotaron y frotaron hasta que el pañuelo recuperó su color verde, como el verde de la hierba recién regada por la lluvia. Después, lo extendieron sobre unos matorrales de jara para que se secara al sol.

No lejos de allí, pastaba una cabra, que al ver aquel verde trozo de lo que a ella se le antojó suculento césped, se abalanzó sobre el pañuelo y, de un solo bocado, se lo comió, sin que nadie pudiera hacer nada por impedirlo.

Los criados, muy compungidos, regresaron al palacio y le contaron a Zaida lo sucedido y esta, del disgusto, enfermó de tristeza. Dejó de comer, dejó de dormir, ¡y hasta dejó de leer! La princesa solo lloraba, lloraba y suspiraba por su pañuelo perdido.

El Gran Sultán Mehmed Abd-ul-Hajmed, desesperado porque no podía ver a su hija tan infeliz, mandó publicar un bando en el que se ordenaba que todas las cabras del reino fueran conducidas al palacio antes del amanecer. Con el primer rayo de sol, se empezaría a buscar el pañuelo verde en la tripa de cada una de ellas y no se pararía hasta encontrarlo.

Aterrorizada al conocer la cruel decisión de su padre, la princesa le suplicó que no siguiera adelante con su terrible plan, pero ya era demasiado tarde…

Todo el mundo sabe, que un sultán no puede desdecirse de una orden una vez que la ha dado, a no ser que el problema se solucione o que el sultán muera y, lo cierto es que no parecía que fuera a ocurrir ni una cosa, ni la otra. Porque también sabe todo el mundo que una cabra, una vez que se ha tragado un bocado apetitoso no lo devuelve jamás, y que los sultanes de cuento viven más de ciento veinte años.

Aunque la situación era terriblemente complicada, Zaida pidió a su padre que aplazara la dura sentencia durante veinticuatro horas, pasadas las cuales, si no había podido encontrar una solución al problema, se avendría a que todas las cabras del reino fueran sacrificadas. Mehmed Abd-ul-Hajmed aceptó y la princesa se retiró a sus aposentos para meditar.

Pasado el plazo establecido, Zaida se presentó ante el sultán con unas enormes tijeras en la mano:

—Padre mío, tienes razón, ¡hay que cortar por lo sano!

Y dicho y hecho, ante la sorpresa de todos los presentes, ella misma empezó a cortar, tris-tras, tris-tras, tris-tras…

Sus largos cabellos cayeron al suelo formando una gran cascada negra.

—Ya no hay que matar a las cabras, porque ya no necesito mi pañuelo verde.

Gracias a la sabía decisión de Zaida, se solucionaron dos problemas a la vez: las cabras siguieron pastando felices en los verdes prados y la princesa, con su nuevo corte de pelo, pudo leer con más comodidad.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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shirokuro-chan

Si quieres, también puedes escuchar “La Princesa, el pañuelo y la cabra” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

77 comentarios el “La princesa, el pañuelo y la cabra

  1. srajumbo
    29/03/2016

    Vaya con la princesa, no podía pedir una goma de pelo como todo el mundo. Aunque le doy la razón, el pelo es muy molesto para leer. Pero mujer de Dios..usa gomas!

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    • Martes de cuento
      30/03/2016

      😀 😀 😀 😀 ¡Mira que eres práctica! Pero, ¿te imaginas a una princesa de cuento con una vulgar goma de pelo? ¡Eso lo hacemos las simples mortales! 😀 😀 😀 Ella necesitaba un pañuelo especial… aunque luego lo deja ennegrecer y ahí me viene a la mente la frase de la abuela de una amiga: “Mú’ fina tú pa’ lo cochina que eres” 😀 😀 😀

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  2. Sara P Lorenzo
    05/03/2016

    Pues con lo que me gustaba a mi bañarme de pequeña…!! Era mi piscina particular jaja. Ahora soy ecológica y uso más la ducha :)!

    Felicidades por el cuento! Me ha encantado.

    Un besin!

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    • Martes de cuento
      07/03/2016

      😉 ¡Gracias, Sara! Lo de llenar la bañera, hoy en día, es un extra que se puede hacer una vez al año y, encima, con un poco de mala conciencia 😉 La ducha es mejor para conservar el planeta. ¡Un abrazo!

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  3. Una cabra, una vez que se ha tragado un bocado apetitoso no lo devuelve jamás, y que los sultanes de cuento viven más de ciento veinte años,jajajaja
    Y un “cambio de look” lo arregló todo.
    Muy bonitooooo.
    Un beso Martes y buen fin de semana

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    • Martes de cuento
      05/03/2016

      😀 😀 😀 ¡Y que cierto, Marisa! Ya dicen que cuando vas a la peluquería es como si fueras al psicólogo, después de cuatro arreglos en el pelo sales de ahí con otro ánimo 😉

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  4. Mark Armstrong
    03/03/2016

    Fantastic! The princess and her kind loving heart come to the rescue, and the goats are saved! I had to brush my own hair out of my eyes because it was getting all soggy with my happy tears… : )

    What a wonderful story. I couldn’t see where it was going. I thought perhaps the sailor would produce another bandana from his sea chest, or that the goat would shave off all his hair and knit the princess a new headband!!

    Wonderful story, wonderful message. But I have to ask: what was that book the princess was reading?? It must have been fantastic– she couldn’t put it down!! I want to read it, too!! : )

    ¡Fantástico! ¡La princesa y su buen corazón amoroso vienen al rescate, y las cabras se guardan! Que tenía que cepillar mi propio cabello de los ojos porque se estaba haciendo todo empapado con mis lágrimas de felicidad … : )

    Qué maravillosa historia. No podía ver hacia dónde se dirigía. ¡¡Pensé que tal vez el marinero produciría otro pañuelo de su pecho mar, o que la cabra sería afeitará todo su pelo y tejer la princesa una nueva banda para la cabeza!!

    Historia maravillosa, maravilloso mensaje. Pero tengo que preguntar: ¿¿cuál era ese libro estaba leyendo la princesa?? Debe haber sido fantástico– ¡¡que no podía dejar de leerlo!! ¡¡Quiero leerlo, también!! : )

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  5. Der Ketzer
    02/03/2016

    Mil gracias!! Es un cuento genial, y no podria decirte que el original no fuera así ya que el final se puedo en las lagunas de mi memoria. Habéis hecho que me emocione, de verdad. Se lo contaré al peque en cuanto se despierte esta noche. Mil besos 🙂

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    • Martes de cuento
      03/03/2016

      🙂 Felices y contentos de que te haya gustado. No obstante, como decimos en la dedicatoria, estaremos con los ojos bien abiertos por si, de casualidad, nos topamos con el auténtico 😉 Ya nos contarás qué dice el peque.
      ¡Un abrazo!

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  6. felicitasrebaque
    02/03/2016

    Precioso cuento que nos alecciona sobre los que a veces se está dispuesto a sacrificar por conservar algo que no nos es de vital importanciar. Me ha encantado leerlo. Un beso

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    • Martes de cuento
      03/03/2016

      Gracias, Felicitas. Nos alegra que te haya gustado el cuento y que hayas sabido captar tan bien su significado. ¡Un abrazo!

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  7. Julie Sopetrán
    02/03/2016

    Me encanta este cuento porque adoro las cabras, es un animal que conozco desde niña y sé lo caprichosas que son… Me gusta mucho la decisión de Zaida. Y aunque me costó… por fin terminé esta décima para el cuento. Allá va. Besos.

    Cuando se pierde un pañuelo
    tan verde y tan suculento
    cual Zaida siento al momento
    los mechones por el suelo…
    Me derrumba el desconsuelo
    El Sultán da sus palabras
    ¡Oh! Qué sentencias macabras
    la Princesa escuchó aquello
    y se cortó su cabello
    para salvar a las cabras.

    Aplaudo a Zaida el civismo
    porque yo, haría lo mismo.

    JS

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  8. juan re crivello
    02/03/2016

    Hola Martes de Cuento os dejo … Hola
    Te envío el link para que puedas descargarte gratis mi libro Monos&Humanos, dispones de dos días. Te gradezco si lo lees parcial o totalmente –son artículos- me pongas tu opinión en la web creada para al efecto, en la parte de comentarios. Te agradezco tu colaboración un saludo cordial Juan re crivello
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    Web Monos&Humanos

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  9. Maribel
    02/03/2016

    Que bonito cuento, cuanto amor y que lección nos da Zaida, que práctica es esta princesita, seguro que también lee martes de cuento jeje besitos xD

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  10. Ana Fernández Diaz
    01/03/2016

    Precioso cuento y un poco guarrilla la princes.
    Gracias por regalarnos este bonito cuento.
    Mi hija dice que ella hubiera dejado que matasen a las cabras, que ella el pelo no se lo corta ni loca!!! Ainsss

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  11. eldiariodesensi
    01/03/2016

    Pues yo veo un problema, la muchacha se bañó porque se dieron cuenta que el pañuelo estaba negro como el carbón, pero ahora que ya no tiene pañuelo no quiero ni pensar cuál será la referencia que determine que es hora de bañarse, ¿moscas zumbando alrededor?. Ay, esa higiene, leer está muy bien, pero la pulcritud está mejor, menos ropajes y más jabón.

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  12. Edda Diaz
    01/03/2016

    Querida Martes: un cuento genial, sobre una princesa buena, moderna , sabia y un padre al que el amor ha vuelto tonto! Me lo llevo a Facebook

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      02/03/2016

      😀 😀 Edda, la verdad es que tienes tanta razón… El amor nos suele volver lelos y si es el amor a los hijos, lelos y medio. En ocasiones se consiente demasiado y se corrige poco.
      ¡Un abrazo y gracias por compartir!

      Me gusta

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Esta entrada fue publicada en 01/03/2016 por en Cuento de Martes de cuento y etiquetada con , , , , , , , , .
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