Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El país de las Nubes Grandes

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Vero Tapia, Ruka de colores

Hubo un tiempo en el que siempre llovía. De día y de noche. En invierno y en verano. Con frío y con calor. En cualquier rincón del planeta lluvia, lluvia y más lluvia.

Viento y lluvia; sol y lluvia; nieve y lluvia. Incluso cuando lucía el más brillante arcoíris, sobre él se deslizaban risueñas y juguetonas gotitas que se teñían de colores. Nunca paraba de llover. Llovizna fina o chaparrón abundante; turbión violento o tromba que arrastraba a su paso arboledas enteras. Agua, agua y más agua. Y así, un día; y otro día; y otro más.

Barrigudas nubes cargadas de lluvia eran las dueñas del mundo y ni un palmo de terreno estaba seco, todo mojado. Árboles, praderas y montañas. Valles, caminos y pastizales. Se mirara hacia donde se mirara, todo estaba arriado, todo era un gran charco.

Solo los peces y las ranas eran felices, pero el resto de la animales que poblaba la Tierra estaban ya cansados de vivir en remojo.

El sol lucía aguado, algunas plantas morían por exceso de humedad y entre gota y gota, se oían estornudos, toses y carraspeos, porque como los seres que tenían patas andaban continuamente con los pies empapados, se resfriaban muy a menudo.

Estaban tan hartos, que algunas especies que no querían pasar el resto de sus días caladas hasta los huesos, decidieron reunirse bajo el saliente de una roca para debatir la situación y, después de muchas controversias, acordaron exigir a las nubes que dejaran de mojarlos. Sin embargo, no había manera de ponerse de acuerdo sobre quién se dirigiría al país de las Nubes Grandes, donde también habitan los rayos y los truenos.

Y es que no cualquiera puede emprender tan arriesgado viaje. Pocos son los valientes que osan adentrarse en este lugar en el cual reinan las más terribles tempestades. Donde el sonido de todos los truenos que en la historia han tronado es tan ensordecedor, que no es posible oír otra cosa, ni tan siquiera el rugir de los espantosos vientos huracanados, que corren como locos jugando al escondite. Además, rayos y centellas hablan a tan grandes luces, que la claridad es cegadora. Tanto, que se diría que hasta aquel inhóspito lugar jamás se ha atrevido a llegar una noche.

El león, fue el primero que habló. Sacudió con fuerza su cabeza y salpicando a los que estaban más cerca con el agua que chorreaba de su larga melena rubia, rugió:

—Soy valiente e impongo respeto. Soy fuerte y rápido y no hay nadie que no me tema. Iré yo porque mi voz es la más potente de todas y haré que me escuchen a pesar de los truenos. Exigiré a las nubes que dejen de llovernos encima o de un solo zarpazo las abatiré.

Doña elefanta, muy educada, levantó su trompa para pedir la palabra y barritó:

—Estimados amigos, ni los rugidos ni los zarpazos del león llegarán a las nubes. Lo que nos hace falta es un golpe de efecto inesperado que intimide a esas impertinentes. Yo viajaré discretamente, sin que nadie me vea y cuando llegue, las sorprenderé chapoteando con todas mis fuerzas sobre los charcos del Valle Anegado. Haré tanto ruido, que llegará hasta el cielo, las nubes se espantarán, se encogerán asustadas hasta desaparecer y dejará de llover.

Un milano blanco agitó nervioso las plumas y graznó furioso:

—¡Revuelo! ¡Necesitamos un gran revuelo! ¡Fuera lluvias! ¡Deben reinar los pájaros! Las aves, todas a una, volaremos hacia las nubes y bombardearemos con piedras el centro de cada una de ellas hasta conseguir deshacerlas. Si actuamos con presteza, conseguiremos que deje de llover.

Moscas, mosquitos, zánganos y abejas revoloteaban y batían sus alas. Aplaudían primero a unos, y luego a los otros, mostrándose entusiasmados con cada una de las propuestas.

Conejos, murciélagos y zarigüeyas movían pensativos los bigotes sin decidirse a apoyar ninguna opción. No querían mojarse.

Un oso pardo, que hasta entonces había estado removiéndose inquieto en su asiento, se levantó gruñendo muy irritado:

—¡Tonterías!, ¡todo esto son tonterías y nada más que tonterías! Esta reunión es una completa tontería. Las nubes siempre nos han empapado y siempre nos empaparán. ¡No hay nada que hacer!

Muy cerca del oso, un colibrí que no paraba quieto, metió el ala en el ojo de un caimán, que se asustó y mordió en la pata a un avestruz. El avestruz perdió el equilibrio y empujó a un flamenco, el cual se cayó de bruces en un gran charco y empezó a insultar al avestruz.

Un martín pescador, que sujetaba un pez globo con el ala izquierda, miraba de reojo la escena, moviendo la cabeza con desaprobación:

—Colibrí maleducado, ¡la que has liado! Por no estarte quieto, los metiste en este aprieto.

Todos los presentes empezaron a alborotarse y los murmullos no tardaron en transformarse en acaloradas discusiones. Unos apoyaban al león, otros a los pájaros, otros a la elefanta, y aun había los que acusaron al oso de pesimista y poco colaborador. Hubo incluso quien afeó al colibrí su actitud, aunque otros recriminaron al caimán, diciéndole que tenía poco aguante y que se quejaba por cualquier menudencia.

Y con semejante batahola, no había manera de ponerse de acuerdo y seguía lloviendo y lloviendo. Y el flamenco se mojaba cada vez más y gritaba cada vez más. Y el león rugía, y la elefanta barritaba, y el caimán se quejaba, y las moscas aplaudían, y el oso gruñía y el inquieto colibrí no paraba de aletear…

De pronto, en medio de toda aquella algarabía, se elevó una dulce voz y se hizo el silencio más absoluto bajo el saliente de la roca. Incluso la cellisca pareció amainar.

—Iré yo.

Todos los ojos buscaron al que había hablado.

—Iré yo —repitió un niño muy pequeño—, escalaré la montaña más alta y espantaré a las tempestades con estas palabras:

Nube que remoja

cuando se le antoja.

Trueno retumbante,

de muy mal talante.

Centellas y rayos

que causan estragos.

Con este conjuro

que ahora murmuro,

a todos anulo.

¡Fuera sin demora!

¡Antes de una hora!

Todos estuvieron de acuerdo en que él era el único capaz de detener las tormentas.

Sin perder ni un segundo, el pequeño viajó hacia la lejana montaña de Rubí, la más alta del país de las Nubes Grandes; escaló hasta su cima, entonó la prodigiosa fórmula mágica y, al instante, lluvia, truenos y rayos cesaron.

Desde aquel día, las tormentas tienen miedo de los niños, porque son los únicos que pueden pronunciar, en el tono exacto de voz, el conjuro capaz de deshacerlas. Por eso, cuando vienen a la Tierra, hacen tanto ruido, para intentar asustarlos, porque saben que si se encuentran con un niño o con una niña que pronuncie el hechizo, deberán regresar a toda prisa al país de las Nubes Grandes.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Si quieres, también puedes escuchar “El país de las Nubes Grandes” con la voz de Angie Bello Albelda

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Santornem’hi Monrelat

92 comentarios el “El país de las Nubes Grandes

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  3. Carmen Cifuentes "Collier"
    26/11/2015

    Muy chuli!! Yo quiero unas palabras mágicas para arreglar muchas situaciones. 🙂

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  4. p [y] d
    24/11/2015

    Gracias Martes por darnos este cuento tan bonito y que es perfecto en este Tiempo…tanto por lo climatológico como por la moraleja. Un diez para tu blog y otro para el trabajo de Ruka…Allá voy hacerme seguidor del la de los colores!

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    • Martes de cuento
      25/11/2015

      En este tiempo tenemos que abrigarnos mucho y tener a mano el conjuro 😀 😀 Gracias por tu comentario. Estamos felices de que te haya gustado la historia que nos inspiró el precioso dibujo de Vero 🙂 Sin duda, vale la pena seguir su blog, lleno de magia y colores.
      ¡Un abrazo!

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  5. Edda Diaz
    24/11/2015

    Pues precioso, precioso
    el aqua, los bichos grandes y los bichos chicos
    y el niño metiendonos a todo en su bolsillo

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    • Martes de cuento
      25/11/2015

      🙂 Gracias por tu comentario, es la gasolina que necesitamos para seguir escribiendo para vosotros. ¡Un abrazo!

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  6. Julie Sopetrán
    24/11/2015

    Ne encantó el cuento! Y es que, cuando el conjuro es poesía, hasta las nubes cambian el día. Y donde llovía, ya no llueve, y luce el sol sobre la nieve…
    Las tempestades tienen oídos y, atienden siempre, si hablan los niños.
    Y por eso, debemos rodearnos de ellos.
    Me gustó mucho mucho mucho este cuento. Felicitaciones!!! Besos.

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  7. christianmolinacom
    24/11/2015

    Es genial. Yo también me he apuntado el conjuro. Cambiaré los sustantivos atendiendo al miedo que tenga en el momento. Por cierto, qué salada es doña elefanta!

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  8. ´¡Qué bonito! Muchas gracias.
    Abrazos.

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  9. María
    24/11/2015

    Bonito, bonito, bonito!
    La semana pasada no pude leerlo y mira que hoy me encuentro con uno que habla de la lluvia y de los truenos, con lo que me gustan. Y… ¿quien sino un niño podría con tanto ruido?
    Besetes y besetes, Martes.

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    • Martes de cuento
      25/11/2015

      🙂 Gracias, María. La lluvia, los truenos y los relámpagos tienen una magia especial, pero es preciso saber entenderla para quererlos 😉

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  10. M.E.
    24/11/2015

    Y después de tanto sol… un poco de lluvia en tu cuento!

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  11. A. Losa
    24/11/2015

    Qué pena que haya niños que no quieren tormentas, yo conozco a una que no sabe vivir sin ellas.

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  12. srajumbo
    24/11/2015

    Primero he pensado que hablabas del norte jeje…pobres, todo el dia lloviendo. Después me has recordado nuestra propia existencia, tan absortos en culpar al vecino de algo, o criticar al de al lado, que no nos ponemos de acuerdo para resolver un problema común. Y después has dado en el clavo, ¿quién mejor para solucionar algo así, que un niño?
    Me encantó 😉

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    • Martes de cuento
      25/11/2015

      🙂 Gracias, señora Jumbo. Elegí poner una elefanta pensado en ti y en tu peque 😉 ¡Me alegro de que te haya gustado el cuento!

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      • srajumbo
        25/11/2015

        Wualaaaaaa ¿por mi? Jo, no me digas esas cosas que me emociono.

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        • Martes de cuento
          25/11/2015

          😉 Bien podía haber sido un topo, un tigre o un faisán, pero pensé: no, mejor una elefanta, que yo se de alguien que se pondrá contento 😉 ¡¡A los buenos lectores hay que cuidarlos!!

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          • srajumbo
            25/11/2015

            Jajja te lo agradezco, pero ahora vas a subir mi ego y cada vez que lea en tu blog sobre un elefante, dire: ves? Es por mi.

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            • Martes de cuento
              25/11/2015

              ¡Tiene que ser una elefanta! 😀 Además, te lo diré explícitamente si lo vuelvo a hacer 😉
              De todas formas, y hay relaciones que permanecen, porque seguro que cuando oyes “martes” me recuerdas un poquito, como me pasa a mí cuando oigo elefante 😉
              Además, una subida de egolesterol, de vez en cuando, no perjudica la salud.

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              • srajumbo
                25/11/2015

                Jajaj cierto, aunque te juro que más que con martes, me pasa directamente con la palabra cuento. Incluso alguna noche cuando leemos cuentos, he pensando : martes estaría orgullosa! Jajaj.

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                • Martes de cuento
                  25/11/2015

                  ¡Eso no lo dudes! Si veo a un niño leer, es que ya puede colgarse de la lámpara después ¡se lo puedo perdonar todo! 😀 😀 😀

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                  • srajumbo
                    25/11/2015

                    Pues ahora hay en las redes una iniciativa super chula con el hastagh #ApoyoLaLecturaInfantil donde estamos subiendo fotos con nuestros libros en la cabeza.

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  13. lostalleresdenatalia
    24/11/2015

    Me ha encantadooooooooooooooooo!!! Tiene todos mis ingredientes favoritos: la lluvia y el resto de fenómenos naturales, los animales, el niño como héroe cotidiano; y por supuesto la moraleja a modo de mito. Martes, preciosooooooooooooooooooooooo!!!!

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  14. Marina Agulló
    24/11/2015

    ¡Hola soy Marina!
    Acabo de encontrar tu blog por casualidad y la verdad es que hoy debe de ser mi día de suerte porque me ha encantado este cuento. ¡Seguiré pasando por aquí!
    ¡Un saludo! 😀 😀 😀

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