Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

Digitalín y los elfos

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Ilustración: Arkenaya

Hace mucho tiempo, en un tranquilo valle situado en lo más verde de la verde Irlanda, vivía un humilde cestero.

El hombre era extraordinariamente hábil en su oficio y en muchas leguas a la redonda no había nadie capaz de trenzar tan bien y con tanta rapidez como él canastas, cestas y cunas con juncos y paja.

Dada su excelente reputación, el trabajo nunca le faltaba y, aunque sin grandes lujos, vivía feliz y contento en una pequeña choza apartada de la aldea.

Su único pesar era la joroba de su espalda. Cuando iba al pueblo, mucha gente la señalaba riéndose y esto apenaba al pobre hombre, porque aunque la mayoría intentaba disimular, él se daba cuenta de que se burlaban de él.

En el pueblo lo llamaban despectivamente “Digitalín”, porque en verano prendía de su sombrero un ramito de digitalina en flor, cuyas campanillas solían balancearse al compás del viento.

Las chanzas hacían que el pobre cestero apenas se atreviera a dejarse ver y solo salía de su taller cuando necesitaba comida. Iba al mercado de la ciudad al amanecer y regresaba ya bien entrada la noche, cuando todos estaban dormidos en su casa.

En una ocasión, el cestero volvía en plena noche del mercado cargado de víveres. Estaba muy cansado y decidió acortar camino cruzando a través del bosque de los elfos. Tan agotado estaba, que decidió descansar un rato y se echó sobre la hierba para contemplar la Luna.

Cavilaba tristemente cuando le pareció escuchar una dulce melodía proveniente de las profundidades de la tierra. Aquella extraña música parecía disminuir de tono y después elevarse. Digitalín aguzó el oído y, al final, percibió con absoluta nitidez unas alegres notas que consiguieron alegrar su triste alma. Muchas voces coreaban sin cesar la misma tonada:

—Lunes, martes… Lunes, martes…

La repetían de todas las formas posibles: con un tono alegre y juguetón que, lentamente, se iba transformando en un triste y melancólico lamento; la susurraban primero y la voceaban después; pronunciaban las palabras muy despacio, como saboreando cada letra, o a tan vertiginosa velocidad que se fundían. Cantaban un rato, callaban después y, al momento, volvían a empezar:

—Lunes, martes… Lunes, martes…

Maravillado, el cestero no pudo resistir la tentación y empezó a cantar también. Al principio lo hizo muy flojito, como para sí, luego susurró y cuando ya no pudo aguantar más, cantó a pleno pulmón, aprovechando los momentos de silencio y continuando la estrofa:

—Miércoles, jueves… Miércoles, jueves…

Al cabo de un rato, los cantores subterráneos salieron en tropel y aplaudieron a Digitalín. Lo aclamaron y vitorearon como si hubiese realizado alguna hazaña fuera de lo común. Todos vestían trajes de seda verde y adornaban sus cabecitas con gorritos rojos cuya forma era como las campanillas de la digitalina.

Un poco más calmados, lo circundaron y lo condujeron bajo tierra para que participara en la fiesta que estaban celebrando en su palacio subterráneo.

Aquel palacio era la maravilla de las maravillas; en él brillaban miles y miles de luces que se reflejaban en los ladrillos de oro y plata con los que estaba construido. Resplandecía de tal modo, que casi cegaba.

El cestero comió de los exquisitos manjares que allí había y bebió las más exóticas bebidas. No cabía en sí de gozo, estaba rodeado de amigos y sonreía agradecido a los elfos. Todos juntos empezaron a cantar:

—Lunes, martes… Lunes, martes…  —decían los elfos.

—Miércoles, jueves… Miércoles, jueves…  —añadía Digitalín.

Entonces todos los elfos se reían, pero el que mejor se lo pasaba era el más anciano, que aseguraba no haberse reído tanto en toda su vida. Era el Rey de los elfos y estaba tan alegre que le preguntó a Digitalín si había alguna cosa que los elfos pudieran hacer por él.

—Tan solo deseo una cosa —suspiró el cestero—, pero, seguramente será imposible.

—Dilo —insistió el Rey de los elfos— Dinos qué deseas. Deberías saber que para nosotros no hay nada imposible.

El pobre cestero estuvo callado durante un buen rato, hasta que al final exclamó:

—¡Lo único que deseo en esta vida es poder librarme de mi joroba!

El Rey de los elfos dio un suave golpecito sobre la giba de Digitalín y, después, el resto de elfos hizo lo propio. Con cada golpe, el cestero tenía la agradable impresión de sentirse cada vez más y más ligero hasta que, al final, vio como su joroba, causa de todos sus males, yacía en el suelo medio aplastada.

La luz del sol despertó a Digitalín, que pensó que todo había sido un sueño, hasta que comprobó que su joroba había desaparecido por completo. Entonces comenzó a dar saltos y más saltos de alegría.

Digitalín, ya no era un jorobado. La gente lo miraba, sin dar crédito a lo que veían sus ojos. Se había convertido en un guapo joven.

La noticia de aquel milagroso acontecimiento se esparció por todo el país y todo el mundo hablaba de lo mismo.

Un día, mientras el cestero se encontraba trabajando en el portal de su cabaña, apareció ante él un jorobado que le preguntó con muy malos modos:

—¿Eres tú el cestero que antes era jorobado?

—Sí, soy yo —respondió Digitalín—. ¿Qué deseas?

El hombre lo miro despectivamente de arriba abajo y, finalmente, le dijo malhumorado:

—Acaso estás ciego, ¿a ti qué te parece que quiero?

El cestero le contó lo sucedido de principio a fin, sin olvidar ni un solo detalle.

Aquel jorobado, que no solo tenía fea la espalda sino también el alma, se dirigió al lugar que Digitalín le había indicado y ajeno al precioso paisaje que lo rodeaba, se sentó en la hierba a esperar, fijando toda su atención en un enorme trozo de pan con queso que sacó de su bolsa.

No tardó en oír el canto de los elfos y molesto porque interrumpían su refrigerio, se puso a gruñir, a vociferar y a chillar de tal forma que incluso los mismos elfos se callaron asustados.

Al poco, se volvió a oír el dulce canto procedente de las profundidades de la tierra:

—Lunes, martes, miércoles, jueves… Lunes, martes, miércoles, jueves…

Cuando ya la habían cantado de todas las formas posibles, volvían a empezar:

—Lunes, martes, miércoles, jueves… Lunes, martes, miércoles, jueves…

Y así una y otra vez.

Entonces, el impaciente jorobado no pudo resistir por más tiempo y sin ninguna gracia, lanzó un ronco alarido:

—¡Y viernes y sábado y domingo!

De repente, como si con su vozarrón desacompasado el jorobado hubiese roto el encanto, el bosque entero se quedó mudo y los elfos, presurosos, salieron de bajo tierra y rodearon al inoportuno visitante.

Sin embargo, esta vez no le propusieron al extraño que los acompañase bajo tierra, ni le pidieron que participara de su fiesta, ni que cantara con ellos. Tampoco lo invitaron a degustar los exquisitos manjares de los que tan bien hablara el cestero. En vez de esto, preguntaron airados:

—¿Qué es lo que quieres, aguafiestas? ¿Por qué interrumpes así nuestra canción? ¿Quién te manda chillar tanto?

—¿Qué yo chillo? —se ofendió el jorobado—; ¡Chilláis vosotros! Además —protestó—, ¿creéis que resulta divertido estar oyendo todo el rato “lunes, martes, miércoles, jueves…”, sin llegar a oír nunca el resto de la semana?

Entonces fue cuando los elfos se enfadaron de verdad. Comenzaron a cuchichear y diez de ellos volvieron por donde habían venido. El impertinente jorobado, por un instante, pensó que, arrepentidos por haberlo tratado tan mal, habían ido a buscar regalos y comida.

Cuál no sería su sorpresa cuando los vio reaparecer cargados con la joroba del cestero y sin pensárselo dos veces, los elfos la pegaron encima de la espalda del visitante que ahora, para su desgracia, en lugar de tener una joroba tenía dos.

Por más que suplicó y suplicó a los elfos que le quitasen las jorobas, ya no se podía hacer nada. El poder de los elfos es indisoluble y lo que ellos hacen, hecho está y es imposible de deshacer… a no ser que los convenzas.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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shirokuro-chan

Si quieres, también puedes escuchar “Digitalín y los elfos” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

 

58 comentarios el “Digitalín y los elfos

  1. De 2 Nombres
    12/11/2015

    Muy bueno!!! Con una actitud positiva atraemos cosas buenas. Con una actitud negativa atraemos más jorobas a nuestras vidas. Je je je.

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  2. christianmolinacom
    12/11/2015

    Apasionante! Los elfos tienen ese puntito de bondad/maldad….

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  3. magailustra
    11/11/2015

    Al final,de la amargura no sale nada bueno. He conocido gente así, la felicidad les ha tocado la puerta más de una vez y la ahuyentan con toda la mala disposición de la que son capaces. Excelente historia Martes, y muy buena reflexión. 😀 😀

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    • Martes de cuento
      13/11/2015

      Es triste, yo también conozco a algunos de esos, aquellos que creen que en el reparto inicial no les tocó todo aquello que les correspondía y siempre andan a la greña y con el ceño fruncido, reclamando a la vida lo que les debe 😦

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  4. A. Losa
    11/11/2015

    Sabias que con este me tenías ganada de antemano. Una gran adaptación de una leyenda que, como tantas otras enseña a ser educados a la hora de pedir las cosas, y que a la gente buena, le pasan cosas buenas y viceversa. Yo siempre creí que los elfos y las hadas eran una especie de justicieros del karma. Y este cuento lo demuestra.

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  5. srajumbo
    11/11/2015

    Suele pasar, la envidia es mala consejera, y el mal humor, ni te cuento.

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  6. Julie Sopetrán
    10/11/2015

    A mi me encantan los elfos, leyendo este cuento, me sentí con ellos en el bosque y el mundo se transformó en un paraíso donde nadie, nadie, tenía joroba…
    Es hermoso irse a la cama leyendo este cuento después de haber estado buscando setas… y sí, un elfo me decía donde estaban y llené la cesta.
    Me gustó mucho.

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    • Martes de cuento
      11/11/2015

      Julie, ¡qué lindo sería el mundo sin jorobas! Pero ya ves, mientras algunos consiguen librarse de las suyas, otros se cargan con ajenas.
      Espero que sobre esas setas que te ayudaron a encontrar, esparciera tu elfo mucha felicidad y muchas sonrisas.
      Y a próxima semana atenta al dibujo, porque es un poco tuyo 😉 ¡Un abrazo enorme!

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  7. tinteroypincel
    10/11/2015

    “Tenía sucia el alma….,” muy bueno. Un abrazo.

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Esta entrada fue publicada en 10/11/2015 por en Cuento popular y etiquetada con , , , , , .
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