Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

El adivino

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Ilustración: richzela

Érase una vez, un campesino muy pobre, pero muy astuto, al que todos llamaban Escarabajo, que un buen día decidió hacerse famoso como adivino, así que empezó a hacer correr la voz de que era capaz de averiguar cualquier cosa y de desentrañar cualquier misterio.

Para convencer a todos y para que su fama creciera, robó una sábana que estaba tendida en el patio de casa de su vecina y la escondió entre un montón de paja. La vecina, que estaba convencida de los poderes que Escarabajo aseguraba tener, le rogó que usara sus dotes adivinatorias para encontrar la prenda de ropa extraviada, pero antes de aceptar, el impostor le preguntó:

—Y cuando la encuentre, ¿qué me pagarás por mi trabajo?

—Un saco de harina y medio kilo de manteca.

—Acepto.

El Escarabajo cerró los ojos y fingió que meditaba. Al cabo de un rato, le indicó a la mujer dónde podía encontrar su sábana. Feliz y contenta, ella le pagó lo acordado.

Al cabo de tres días, uno de los caballos del propietario más rico del pueblo, desapareció. El culpable no había sido otro que Escarabajo, que aprovechando la oscuridad de la noche lo había robado, lo había conducido al bosque y lo había atado a un árbol.

El rico señor mandó llamar al adivino y este, imitando los gestos y procedimientos de un auténtico mago, le dijo:

—Envía a tus criados al bosque; hallarán tu caballo atado a uno de los árboles que hay junto al río.

Los criados se dirigieron al bosque y, naturalmente, encontraron el caballo donde la noche anterior lo había dejado Escarabajo. El contento propietario le dio al campesino veinte monedas de plata. A partir de ese momento, su fama creció y creció y se extendió hasta el último rincón del país.

Por desgracia, ocurrió que al zar se le perdió su anillo de bodas y por más que la corte entera lo buscó por todos los rincones, no pudieron encontrarlo.

Conocedor de la fama de Escarabajo, el zar dio órdenes de que condujeran al adivino a su presencia lo antes posible. Partieron mensajeros en su busca que al llegar al pueblo expusieron sin demora la situación al campesino, lo sentaron en el coche más veloz del reino y lo trasladaron a la capital sin tardanza. Durante el trayecto, Escarabajo, muerto de miedo, pensaba para sí: “Estoy perdido. Ha llegado mi hora. ¿Cómo voy a poder adivinar dónde está el anillo? El zar se enfadará y me desterrará fuera del país o mucho peor, ¡quizá me mate!”.

Una vez en presencia del zar, este le dijo:

—Ha llegado hasta mis oídos tu fama. Dicen que eres capaz de encontrar cualquier cosa y que puedes desentrañar cualquier misterio. Hagamos la prueba. Si adivinas dónde se halla mi anillo te haré rico. Si no puedes encontrarlo, te cortaré la cabeza.

Seguidamente, mandó que lo encerrasen en una habitación y ordenó a sus servidores:

—Dejadlo solo para que pueda meditar durante toda la noche; mañana, al salir el sol, traedlo a mi presencia para que me dé una respuesta.

Así se hizo y Escarabajo se quedó solo en una de las alcobas de palacio.

Desolado, el campesino se sentó en una silla y caviló, preguntándose qué podía hacer: “¿Qué voy a decirle al zar? ¡Descubrirán mi mentira y yo perderé la cabeza! Lo mejor será que espere a que esté bien oscuro para huir. En cuanto los gallos canten tres veces, huiré de aquí.”

Al mismo tiempo, y muy cerca de donde él se encontraba, tres servidores cuchicheaban en voz baja. Habían sido ellos los que habían robado el anillo de boda al monarca. El lacayo, el cocinero y el cochero del zar reflexionaban así:

—¿Qué vamos a hacer ahora? Cuando este adivino diga que hemos sido nosotros los ladrones, nos condenarán a muerte irremisiblemente. Será mejor que vayamos a su habitación y escuchemos tras la puerta, quizá oigamos alguna cosa. Si él no dice nada, nosotros tampoco lo diremos; pero si nos reconoce como a ladrones, le tendremos que rogar que no nos denuncie al zar o estamos perdidos.

Acordaron que fuera primero el lacayo y escuchara tras la puerta. Este se acercó sigilosamente, apoyó la oreja sobre la oscura madera y, en ese preciso instante, se oyó a lo lejos el primer canto de los gallos y al campesino que exclamaba:

—¡Magnífico! Ya está aquí el primero, ahora solo tengo que esperar que vengan los otros dos.

Al lacayo se le paralizó el corazón de terror y corrió a contar a sus compañeros lo que había dicho Escarabajo:

—¡Ay, amigos! ¡Me ha reconocido! Apenas acerqué el oído a la puerta, cuando exclamó: “¡Magnífico! Ya está aquí el primero, ahora solo tengo que esperar que vengan los otros dos.”

—¿Estás seguro? Me cercioraré. Ahora iré yo —dijo el cochero; y se fue a escuchar tras la puerta.

Justo cuando apoyaba la oreja, los gallos cantaron por segunda vez y el campesino dijo:

—¡Estupendo! Aquí está el segundo, ahora solo tengo que esperar que llegue el tercero.

El cochero, desesperado, les dijo a sus compañeros:

—¡Ay, ay, ay, camaradas! también a mí me ha reconocido.

Entonces el cocinero propuso:

—Haremos una cosa, ahora iré yo y si me reconoce también, iremos los tres a rogarle que no nos denuncie, porque eso sería nuestra perdición.

Se encaminaron juntos hacia la habitación y el cocinero acercó su oreja a la puerta y en aquel instante exacto cantaron los gallos por tercera vez. Desde dentro, se oyó al campesino que exclamaba:

—¡Por fin! ¡Ya están los tres! ¡Llegó el momento!

Y se lanzó hacia la puerta con la intención de huir del palacio; pero los tres ladrones le cerraron el paso y le suplicaron de rodillas:

—¡Por favor! ¡Por favor! No nos denuncies. Nuestras vidas están en tus manos. Aquí tienes el anillo.

—Está bien, por esta vez os perdono —contestó disimulando el asombrado adivino.

Y tomando el anillo de manos de los ladrones, lo escondió debajo de una de las baldosas del suelo.

No tardó el zar en despertarse y mandó que llevaran a su presencia a Escarabajo, al cual interrogó de este modo:

—¿Y bien? ¿Has tenido tiempo suficiente para pensar?

—Sí, Excelencia. Sé dónde está vuestro anillo: se os cayó del dedo, fue rodando y se coló bajó esta baldosa.

Los sirvientes quitaron la baldosa y, efectivamente, hallaron allí el anillo. El monarca recompensó generosamente al adivino, y ordenó que le diesen de comer y beber y, entretanto, él se fue a pasear por los jardines reales.

Mientras paseaba, vio un negro escarabajo que se paseaba por uno de los parterres, lo recogió del suelo y volvió a palacio con él.

—Escucha, —le dijo al adivino— si de verdad tienes poderes, debes saber qué es lo que tengo entre mis manos ahora mismo.

El campesino, muerto de miedo ante este nuevo desafío, cerró los ojos y murmuró:

—¿Qué harás ahora Escarabajo? ¡No te librarás! El zar te ha pillado y estás en sus poderosas manos.

—¡Fantástico! ¡Has acertado! —exclamó el zar.

Y triplicando la cuantiosa fortuna que ya había pagado por sus servicios, lo despidió de palacio colmándolo de honores.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Si quieres, también puedes escuchar “El adivino” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

64 comentarios el “El adivino

  1. Ana Fernández Diaz
    26/11/2015

    Què bueno!!! Nunca está todo perdido hasta el final. Incluso a los timadores les sonríe la suerte. Quizás a esos mas que a ninguno.
    un abrazo, me ha encantado!!

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    • Martes de cuento
      27/11/2015

      Pues sí, Ana, hay veces que piensas que la mala gente tiene una flor en el cu… 😀 😀 😀 Pero es que la casualidad y la suerte no entienden de bondades o maldades, ¡están muy locas!

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  2. Maribel
    12/11/2015

    que suerte tiene el adivino, le sale todo rodao, jejeje

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  3. Edda Diaz
    05/11/2015

    Me encanto!, un buen cuento! Intriga y divierte

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    • Martes de cuento
      06/11/2015

      Muchas gracias por tu comentario, Edda. Si los cuentos os gustan, es motivo suficiente para seguir buscando y escribiendo de nuevos 🙂

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  4. christianmolinacom
    04/11/2015

    Es de esos cuentos que te mantienen en tensión hasta el final.

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  5. quimly
    04/11/2015

    Bravo, bravo, bravo!!! Viva la buena suerte de la gente!!!

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  6. De 2 Nombres
    04/11/2015

    Qué bonita forma de escribir lo que vivimos hoy día. Quien no ha tenido o conocido un mentiroso con éxito??? Triste caso cuando le creemos. Sin embargo no lo dice el cuento pero yo sí creo esto…la verdad tarde o temprano sale a flote. 😉

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    • Martes de cuento
      04/11/2015

      🙂 Gracias por el comentario.
      En este caso, hemos adaptado el cuento original de Aleksandr Afanásiev (1826-1871), porque parece que en todas las épocas ha habido mentirosos con suerte.
      Y aunque seguramente muchas verdades quedan enterradas para siempre, ya dice el refrán que “se pilla antes a un mentiroso que a un cojo” 😉
      Muchas gracias por comentar, De 2 Nombres.

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  7. suplementoanimico
    04/11/2015

    Match point. A veces es mejor tener suerte que ser bueno.
    Gracias por la entrega de hoy!

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    • Martes de cuento
      04/11/2015

      La suerte loca puede hacer cosas bien extrañas y agraciar a los malos mientras que se olvida de los buenos 😉
      Gracias por visitarnos y comentar 😉

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  8. Julie Sopetrán
    04/11/2015

    Hay que nacer con suerte, ser escarabajo,creer en el canto de los gallos y crear estrategias, para poder ser un adivino tan locuaz! He disfrutado y me he divertido un montón. Gracias!!! Besos.

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    • Martes de cuento
      04/11/2015

      😀 😀 Que te hayas divertido es lo más importante, Julie. Los lectores, sobre todo, es lo que han de hacer: pasar buenos momentos gracias a las letras. ¡Un beso enorme! 🙂

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Esta entrada fue publicada en 03/11/2015 por en Cuento clásico y etiquetada con , , , , , , , .
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