Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

Aladino y la lámpara maravillosa

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Ilustración: cuson

Érase una vez una viuda muy pobre que tenía un hijo llamado Aladino. Un día, un misterioso extranjero le dijo a Aladino que si lo ayudaba en un sencillo trabajo le daría, a cambio, una moneda de plata y el chico aceptó encantado, ya que pensó que aquel dinero les vendría muy bien a su madre y a él:

—¿Qué tengo que hacer? —preguntó.

—Sígueme —respondió el misterioso extranjero.

Juntos se alejaron de la aldea y se internaron en el bosque al que solía ir Aladino a buscar leña. Al poco, se detuvieron ante la angosta entrada de una profunda cueva que el chico nunca había visto antes.

—¡No recuerdo haber visto jamás esta cueva! —exclamó el joven— ¿Siempre ha estado aquí?

El extranjero no respondió, sino que le ordenó:

—Entra y busca mi vieja lámpara de aceite. Iría yo, pero la entrada es demasiado estrecha para mí.

—¡Voy ahora mismo! —repuso Aladino.

—Una cosa más antes de entrar —Lo detuvo el extranjero—. Solo quiero la lámpara de aceite. Veas lo que veas ahí dentro, no toques nada más, ¿entiendes?

El tono de voz del forastero alarmó a Aladino que, por un instante, estuvo tentando de huir, pero al recordar la moneda de plata que cobraría por trabajo tan sencillo y al pensar que con ella podrían comer una semana entera, no se movió.

—No debo tocar nada —repitió y acto seguido se deslizó a través de la estrecha abertura.

Una vez dentro, Aladino vio una vieja lámpara de aceite que alumbraba con su tenue luz la cueva. Cuál no sería su sorpresa, al descubrir que el suelo de la gruta estaba completamente cubierto de monedas de oro y plata y de piedras preciosas de todos los tamaños y colores.

“Que extraño, -se dijo- si ese extranjero desprecia los tesoros y solo quiere esta vieja lámpara, entonces es que su valor debe de ser incalculable. ¿O quizá es que ese hombre está loco? ¿O tal vez es un brujo?… Loco no parece… así que seguro que es…”

—¡Lánzame la lámpara ahora mismo! —gritó impaciente desde fuera el hechicero.

—Ya estoy saliendo con ella —repuso Aladino mientras comenzaba a deslizarse por la abertura.

—¡No! ¡Primero dame la lámpara! —exigió cerrándole el paso.

—¡No! —gritó Aladino.

—¡Pues peor para ti! —espetó enfurecido el hombre, empujando al muchacho dentro de la cueva y haciendo rodar a continuación una gran roca que bloqueó la entrada.

Pero no advirtió que, al hacerlo, el anillo que llevaba puesto en su dedo índice resbaló y rodó hasta los pies de Aladino, el cual lo recogió y se lo puso.

Una profunda oscuridad invadió la caverna y Aladino sintió miedo. ¿Se quedaría atrapado allí para siempre? Empezó a pensar en la forma de salir y mientras cavilaba, giraba nerviosamente el anillo en su dedo.

De repente, una deslumbrante luz invadió el lóbrego lugar y, en medio de ella, apareció un sonriente genio.

—Soy el Genio del Anillo, ordena y obedeceré.

—Quiero regresar a mi casa –balbuceó Aladino, aturdido ante la aparición.

Apenas lo hubo dicho, Aladino, con el anillo y el candil de aceite, se encontró en su casa refiriendo a su asombrada madre su aventura:

—Sé que no es una moneda de plata, pero al menos nos podremos alumbrar una vez esté limpia —le dijo mostrando la sucia lámpara, que empezó a frotar animoso.

Al hacerlo, de su interior salió un misterioso humo que se trasformó en un genio dos veces más grande que el Genio del Anillo.

—Soy el Genio de la Lámpara, ordena y obedeceré.

—¿Por qué no una deliciosa comida acompañada de un dulce postre?

Inmediatamente, aparecieron fuentes llenas de exquisitos manjares que Aladino y su madre degustaron con placer.

A partir de ese día, el Genio de la Lámpara se encargó de proporcionarles todo lo necesario para vivir y, como nunca pedían mucho, nadie sospechó del tesoro que guardaban.

Pasó el tiempo y, un día, cuando Aladino se dirigía al mercado, vio a la Gran Sultana, que se paseaba en su litera, y quedó perdidamente enamorado de ella. Regresó a su casa y le suplicó a su madre:

—Madre, tienes que ayudarme; la Gran Sultana Badrá’l-Budur me ha mirado a los ojos y me he enamorado de ella. Necesito saber si ella también se ha enamorado de mí.

—Iré a palacio, hijo mío, y hablaré con el Consejo Real.

Como era costumbre llevar un regalo a la Gran Sultana, madre e hijo le pidieron al Genio de la Lámpara un cofre de piedras preciosas y aunque al verlo todos los consejeros reales quedaron impresionado, preguntaron:

—¿Cómo podemos saber si tu hijo está a la altura de Badrá’l-Budur? Queremos que mañana nos envíe cuarenta caballos de pura sangre cargados con cuarenta cofres igual que este, escoltados por cuarenta guerreros.

El Genio de la Lámpara obedeció las órdenes de Aladino y, al instante, aparecieron cuarenta briosos caballos, montados por cuarenta guerreros armados con cimitarras que custodiaban cuarenta cofres rebosantes de piedras preciosas.

—¡Al palacio de la Gran Sultana!- ordenó Aladino.

Al ver el presente, el Consejo Real permitió que Aladino se presentara ante Badrá’l-Budur. Y ella, que también se había enamorado de Aladino, ordenó que se celebrara lo antes posible una fastuosa boda que duró veinte días.

Con la ayuda del genio, Aladino construyó un magnificente palacio y en él vivieron felices hasta que, al cabo de un tiempo, el malvado hechicero volvió a la ciudad disfrazado de mercader.

—¡Compro lámparas viejas!

—¡Aquí! —lo llamó Badrá’l-Budur. Y le entregó el viejo candil de aceite.

Aladino no había contado aún el secreto a su esposa y ahora ya era demasiado tarde. El hechicero frotó la lámpara y dio una orden al genio. En una fracción de segundo, Badrá’l-Budur y el palacio fueron trasladados hasta los lejanos dominios del infame brujo.

Al regresar a su casa, Aladino comprobó que todo lo que amaba había desaparecido. Entonces se acordó del anillo y le dio vueltas en su dedo.

—Soy el Genio del Anillo. Ordena y obedeceré.

—Gran Genio del Anillo, ¿adónde ha ido mi amada esposa? ¿Dónde está nuestro palacio? ¿Dónde la lámpara maravillosa?

—Tu enemigo el brujo se ha llevado el palacio entero; dentro estaba Badrá’l-Budur. También robó la lámpara maravillosa -respondió el genio.

—Tráemelos de regreso inmediatamente —pidió Aladino.

—Lo siento, pero no tengo poder suficiente para eso, aunque puedo llevarte a ti hasta el lugar en el que están.

Poco después, Aladino estaba en el palacio del hechicero y registraba una por una todas las estancias hasta que, al fin, dio con Badrá’l-Budur. Se abrazaron y empezaron a hablar de la forma de acabar con el brujo. Juntos trazaron un plan: Badrá’l-Budur le daría al vil mago un potente narcótico que lo haría dormir durante mil años y así podrían escapar. El Genio del Anillo les proporcionó el brebaje.

Aquella misma noche, Badrá’l-Budur le ofreció la bebida al hechicero, que bebió hasta la última gota e inmediatamente se sumió en un profundo sueño. Recuperaron la lámpara mágica que el perverso brujo escondía en uno de sus bolsillos y la frotaron con fuerza:

—Soy el Genio de la Lámpara, ordenad y obedeceré.

—¡Queremos regresar a casa!

—¡Al instante! —Y el palacio entero, con ellos dentro, se elevó por los aires y flotó, suavemente, hasta el reino de Badrá’l-Budur.

Al verlos llegar, los habitantes del país organizaron una gran fiesta en su honor para festejar su regreso.

Los dos enamorados vivieron felices el resto de sus días y el Genio de la Lámpara, para que nadie olvidara esta historia, la escribió en la llama de la lámpara mágica. Es por eso, que cada vez que alguien enciende un viejo candil de aceite puede ver en su luz las aventuras que vivieron Aladino y la Gran Sultana Badrá’l-Budur.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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shirokuro-chan

Si quieres, también puedes escuchar “Aladino y la lámpara maravillosa” con la voz de Angie Bello Albelda

logoAngie

Santornem’hi Monrelat

53 comentarios el “Aladino y la lámpara maravillosa

  1. Pingback: Mi nombre con cuentos | Historias tras tu DNI

  2. Ángel Rubio
    07/12/2015

    Me gusta mucho lo que escribes y grabas. El mundo de los cuentos suele ser un claro reflejo de lo que nos sucede cada día. Enhorabuena.

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      08/12/2015

      Muchas gracias por tu comentario, que nos anima a seguir adelante 🙂
      Sin duda no podemos estar más de acuerdo contigo, Ángel, porque estamos convencidos de que los cuentos son una forma maravillosa de descubrir el mundo en la infancia y un modo ameno de reflexionar sobre lo cotidiano en la edad adulta. Bienvenido a este espacio 🙂

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  3. Aquileana
    29/10/2015

    Muy bueno…. hay datos nuevos respecto a la versión original… O al menos la que yo tenía en mente… Me encanta este relato extendido, con buen final feliz… un abrazo. Aquileana 💫.-

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    • Martes de cuento
      29/10/2015

      La versión original, incluida en Las mil y una noches, es mucho más larga, su relato le lleva Scherezada varias noches, y allí Aladino no es precisamente un buen chico 😀 😀 😀
      Nos gusta tomarnos licencias y nos gusta que os gusten 😉 ¡Un abrazo, Aquileana!

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  4. christianmolinacom
    29/10/2015

    Siempre pienso que si me dieran a elegir deseos, escogería el de “virgencita, virgencita, que me quede como estoy”. Me aterra “el efecto cuántico” de un deseo cumplido…

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    • Martes de cuento
      29/10/2015

      No está mal la opción, es muy horaciana, pero el que no se arriesga… Piensa que ese “efecto cuántico” que mencionas puede ser algo realmente positivo 😉

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Nos encanta que nos cuentes

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