Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

La niña sabia

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Ilustración: YaninSalas

Dos hombres viajaban juntos por el mismo camino. Uno de ellos era pobre y montaba una yegua; el otro era muy rico y montaba un caballo.

Ambos se detuvieron a pasar la noche en la misma posada y dejaron a los dos animales juntos en la cuadra. Mientras todos dormían, la yegua del pobre alumbró un potro y este, después de dar un par de pasos, se fue a acurrucar junto al caballo del rico.

A la mañana siguiente, el rico despertó a todo el mundo con sus gritos:

—¡Levantaos! ¡Mirad! A mi caballo le ha nacido un potro.

El pobre se levantó y al ver lo ocurrido exclamó:

—¡Eso no puede ser! ¿Dónde se ha visto que de un caballo nazca un potro? El potro es de mi yegua.

El rico repuso:

—Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no junto a mi caballo.

Discutieron largo tiempo sin llegar a un acuerdo y al fin se dirigieron a los Tribunales. El rico sobornaba a los jueces para que le dieran la razón y el pobre solo podía apoyarse en la lógica.

Tanto se enredó aquel pleito, que la cuestión llegó hasta el mismísimo zar, quien mandó llamar a los dos hombres y les propuso cuatro enigmas para poder impartir después justicia:

—¿Qué es lo más fuerte y rápido del mundo?

—¿Qué es lo más ancho y nutritivo?

—¿Qué es lo más blando y suave?

—¿Qué es lo más agradable?

Después les advirtió:

—Tenéis tres días para resolver estas cuestiones. Al cuarto día, venid a darme las respuestas. Después, decidiré quien se ha de quedar el potro.

El rico se acordó de que tenía una vecina con fama de ser muy lista y se dirigió hacia su casa para pedirle consejo. Cuando la mujer vio su cara turbada, le preguntó:

—¿Por qué estás tan preocupado, vecino?

—Porque tengo tres días para resolver cuatro enigmas que me ha planteado el zar.

—Veamos qué enigmas son esos.

—El primero: ¿qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?

—¡Vaya tontería! ¡Mi yegua! No hay nada más rápido ni más fuerte en este mundo.

—El segundo: ¿qué es lo más ancho y nutritivo?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cerdo! Llevo tiempo dándole de comer y está tan ancho que ya no cabe en la porqueriza. Cuando lo mate, será lo más nutritivo del mundo.

—El tercero: ¿qué es lo más blando y suave?

—¡Vaya tontería! ¡Mi cama! Mi colchón es de plumas y no hay nada en el mundo más blando y suave.

—El cuarto: ¿qué es lo más agradable?

—¡Vaya tontería! Mi nieta Allochka. Es guapa y lista y en el mundo no hay nadie más agradable que ella.

—¡Muchas gracias! Me has sacado de un gran aprieto. Jamás olvidaré este favor.

Entretanto, el hombre pobre llegó a su casa llorando. Su hija, una niña de siete años, salió a recibirlo y al ver a su padre tan desconsolado le preguntó:

—¿Qué te pasa, querido padre? ¿Por qué lloras?

—¡Ay!, hija mía, el zar me ha planteado cuatro enigmas a los que debo dar respuesta en tres días, y yo no sería capaz de resolverlos ni en tres años.

—Dime qué te ha preguntado.

—¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?, ¿qué lo más ancho y nutritivo?, ¿qué lo más blando y suave? y ¿qué lo más agradable?

—¡No te preocupes padre! Cuando te presentes ante el zar respóndele lo siguiente: «Lo más fuerte y rápido es el viento cuando sopla con toda su furia. Lo más amplio y nutritivo, es la tierra, que alimenta a todos los que nacen y viven sobre ella. Lo más suave, la mano que acaricia y que al acostarnos ponemos debajo de la cabeza como si fuera la más blanda almohada. Y ¿qué otra cosa conoce el hombre más agradable que los sueños?».

Pasado el plazo, los dos hombres se presentaron ante el zar. El monarca, después de haberlos escuchado, le preguntó al pobre:

—¿Has resuelto tú solo los enigmas o alguien te ha ayudado?

El pobre contestó:

—Majestad, fue mi hija de siete años la que me dio las respuestas.

—Puesto que tu hija es tan sabia, ve y dale este hilo de seda para que me teja una colcha para mañana.

El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más desesperado que antes.

—¡Qué desgracia! —le dijo a la niña—. El zar ordena que tejas con este hilo una colcha para él.

—No te preocupes —contestó ella.

Rompió una escoba, cogió una astilla y dándosela a su padre le dijo:

—Ve a palacio y dile al zar que con esta astilla ordene a su carpintero hacer un telar para que yo pueda tejer su colcha.

El campesino le entregó la astilla al zar y repitió lo que su hija le había dicho. Este, después de escuchar la respuesta, le dijo al campesino:

—Ya que tu hija es tan sabia, dale estos ciento cincuenta huevos para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.

El campesino volvió a su casa muy apurado.

—¡Oh hijita!, hemos salido de las brasas para caer en el fuego.

—No estés triste, padre.

Guardó los huevos en la despensa y envió a su padre de vuelta al palacio:

—Dile al zar que para alimentar a los pollitos necesitaré grano. Que ordene labrar el campo, sembrar trigo, recogerlo y trillarlo para que mañana puedan comer cuando rompan el cascarón.

El padre le repitió al zar las palabras de su hija.

—Puesto que tu hija es tan sabia, dile que se presente ante mí. Pero no quiero que venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; ni sin regalo, ni con él.

«Esta vez, mi hija no podrá resolver tantas dificultades. ¡Estamos perdidos!», pensó el pobre hombre. Y se dirigió a su casa para contarle a la pequeña lo ocurrido.

—No te apures, padre. Ve al mercado y compra una liebre y una codorniz vivas.

Al día siguiente, la niña se desnudó y se envolvió el cuerpo en una red de pescador, se sentó a lomos de la liebre y con la codorniz en la mano se dirigió al palacio del zar.

Al verla, el zar salió a su encuentro:

—Gran señor, aquí tienes mi regalo.

Al alargar la mano para coger la codorniz, el ave emprendió el vuelo.

—De acuerdo, lo has hecho todo según lo había ordenado. Y ahora contesta una última pregunta para que pueda dictar sentencia: tú y tu padre sois muy pobres, ¿con qué os alimentáis?

—Como no tiene caña de pescar, mi padre atrapa con las manos los peces que nadan en la arena, me los trae a casa y yo cocina sopa con ellos.

—¡Pero mira que eres tonta, niña! ¿De verdad te crees eso? ¡Es imposible que los peces naden en la arena! Los peces solo viven en el agua.

—¿Y tú te crees mucho más listo que yo? ¿Dónde has visto que un caballo pueda dar a luz un potro?

Avergonzado, el zar contestó:

—Tienes toda la razón.

Y sin más dilación, entregó el potro al hombre pobre.

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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shirokuro-chan

Si quieres, también puedes escuchar “La niña sabia” con la voz de Angie Bello Albelda

 logoAngie

Santornem’hi Monrelat

41 comentarios el “La niña sabia

  1. Muy buena historia, para hacer pensar cuanto menos 😉

    ¿Te gusta mi blog? Votame es muy facil y me ayudarias mucho, Gracias https://historiasconhachedeherce.wordpress.com/2015/02/15/20blogs/

    Le gusta a 1 persona

    • Martes de cuento
      17/02/2015

      Gracias por tu visita 🙂 Nos alegra que te haya gustado el cuento.
      Vamos a ver si podemos votarte, porque algunos votos ya los hemos gastado. Como somos novatos, no sabíamos que solo es posible votar a un blog por categoría.
      Nosotros también nos presentamos, así que si no has gastado el voto, te agradeceremos que lo “inviertas” en nosotros 😀 😀 😀
      ¡Un abrazo!

      Le gusta a 1 persona

Nos encanta que nos cuentes

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