Martes de cuento

No hace falta quemar libros si el mundo empieza a llenarse de gente que no lee. Fahrenheit 451

Caperucita Roja

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Ilustración: Gustavo Pinela

Había una vez una niña pequeña y dulce a la que todo el mundo quería mucho. Incluso aquellos que solo la habían visto una vez, decían que era una niña encantadora.

La niña tenía una abuelita que, por supuesto, también la quería mucho. Como a la abuelita le gustaba coser, confeccionó para su nieta preferida un abrigo de terciopelo rojo con capucha. Tan bien le quedaba a la niña el abrigo rojo, que todo el mundo empezó a llamarla Caperucita Roja.

Un día, su mamá la llamó y le dijo:

—Caperucita, quiero que le lleves a la abuela este pastel de manzana que he horneado para ella y esta jarra de miel. La abuela está enferma y estas cosas buenas la ayudarán a curarse. Date prisa, que después hará mucho calor.

Ve directamente a casa de la abuela, sin desviarte ni a la derecha ni a la izquierda del camino; no hables con extraños; no corras, no vaya a romperse la jarra de miel; sé educada y si te cruzas en el pueblo con algún conocido lo saludas. ¿Lo has entendido?

—Sí, mamá. Haré todo lo que me has dicho —contestó la niña.

Y después de despedirse, emprendió el camino. El trayecto desde la aldea a casa de la abuela cruzaba en medio del bosque y era bastante largo, tenía que andar durante media hora.

Justo al entrar en el bosque, se le acercó el Lobo, pero Caperucita Roja no tenía ni la menor idea de que los lobos son animales salvajes, así que no tuvo miedo de él.

—Muy buenos días, Caperucita —dijo el Lobo.

—Hola, muy buenos días, señor Lobo —contestó educadamente Caperucita.

—¿Adónde vas tan temprano? —preguntó el Lobo.

—A ver a mi abuelita que está enferma —contestó la niña—. Mi mamá horneó ayer un pastel de manzana y me envía a su casa para que se lo lleve y también una jarra de miel, porque estas cosas buenas la ayudarán a curarse.

—¿Y dónde vive tu abuelita? —preguntó el Lobo.

—Al otro lado del bosque, bajo los tres robles grandes. ¡Todo el mundo sabe dónde es!

«¡Bueno —pensó el Lobo—, «esta niñita, sin duda, estará muy sabrosa. Más dulce y tierna que su abuela, pero es tan pequeña que me quedaré con hambre. No tengo elección. ¡Tendré que comerme a las dos!».

Siguió andando junto a Caperucita Roja hasta que llegaron a un lugar tapizado de flores silvestres de todos los colores.

—¡Mira, Caperucita! —dijo el Lobo dulcemente—. Mira que flores tan lindas hay aquí. Escucha el canto de los pajaritos. ¿Por qué tienes tanta prisa? ¡Ni que tuvieras miedo de llegar tarde a la escuela! Es una pena que no disfrutes de este lugar tan precioso. ¿Por qué no recoges unas cuantas florecillas y haces un lindo ramo para tu abuelita?

Caperucita Roja miró a su alrededor y hacia arriba y vio los destellos de los rayos del sol bailando entre las copas de los árboles y los intensos y brillantes colores de las flores silvestres.

—Tiene razón, señor Lobo —respondió Caperucita Roja—. Este es un precioso lugar y todavía es muy temprano. ¡Recogeré algunas flores para hacerle un gran ramo a la abuelita!

Y dicho esto, Caperucita Roja se apartó de su camino y empezó a recoger flores. Pero cada vez que parecía que ya había suficientes, veía una de preciosa, y otra, y otra y así se fue internando en lo más profundo del bosque.

Entretanto, el Lobo se apresuró hacia casa de la abuela y, al llegar allí, llamó a la puerta: “toc, toc, toc”.

—¿Quién es? —preguntó la abuela.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió el Lobo imitando la dulce voz de la niña—. Mamá te envía un pedazo de tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. ¡Ábreme la puerta, abuelita!

—No tengo fuerzas para levantarme —contestó la abuela—. Levanta tú misma el pestillo y entra.

El Lobo levantó el pestillo y abrió la puerta de par en par, se abalanzó sobre la abuelita y se la comió de un solo bocado. Después, cerró el pestillo, se puso un camisón y una cofia y se acostó en la cama a esperar a Caperucita Roja.

Mientras ocurría esto, Caperucita Roja recogía tantas flores que apenas podía con ellas. Regresó al sendero, se dirigió a casa de su abuelita y llamó a la puerta.

—¿Quién es? —preguntó el Lobo con voz ronca, tratando de imitar a la abuela.

Al oír aquella voz tan áspera, Caperucita Roja se asustó un poco, pero después recordó que la abuela estaba enferma y debía estar algo afónica.

—Soy yo, Caperucita Roja —respondió la niña—. Mamá te envía tarta de manzana y una jarra de miel para que te pongas buena. Ábreme la puerta, abuelita.

—Levanta el pestillo y entra —le indicó el Lobo.

Caperucita Roja abrió el pestillo y entró en la casa. Se acercó a la cama y vio la cabeza de la abuela cubierta por la cofia.

—Buenos días, abuelita —dijo Caperucita Roja.

Pero no obtuvo respuesta.

—Abuelita, ¿por qué tienes esas orejas tan grandes?

—Porque así te escucho mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos ojos tan grandes?

—Porque así puedo verte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos brazos tan largos?

—Porque así puedo abrazarte mejor, querida.

—Abuelita, ¿por qué tienes esos dientes tan largos? —preguntó Caperucita Roja llorando porque ya estaba muy asustada.

—¡Porque así puedo comerte entera! —gritó el Lobo, saltando de la cama, abalanzándose sobre Caperucita Roja y engulléndola de un solo bocado.

Ahora el Lobo ya estaba harto. Se tumbó en la cama, se quedó dormido y empezó a roncar tan ruidosamente, que sus ronquidos se podían oír desde muy lejos.

Acertó a pasar por allí un cazador que lo oyó y pensó: “¿Qué le pasará a la abuela que ronca tan fuerte? ¿Estará enferma? ¿Necesitará algo?” Y entró en la casa. Sobre la cama de la abuela vio al Lobo que descansaba.

—¡Ajá! —dijo el cazador—- ¡Por fin te encuentro despreciable bicho! ¡Hacía mucho tiempo que te buscaba!

Ya levantaba su rifle para matar al Lobo cuando, de pronto, se dijo: “¡Un momento!, ¿dónde está la abuela? ¡Quizás este Lobo se la ha zampado!”

Dejó el rifle y abrió la barriga del Lobo. Caperucita Roja saltó rápidamente de allá dentro y exclamó:

—¡Uf! ¡Qué miedo he pasado! ¡Estaba tan oscuro dentro de la panza del Lobo!

Después, entre los dos sacaron a la abuela, que ya casi no podía respirar, de la barriga del Lobo.

¿Y el Lobo? El cazador no tuvo piedad de él. Lo mató y se hizo un abrigo con su piel.

Cuando todo acabó, se sentaron los tres: el cazador, la abuelita y Caperucita Roja, se comieron la tarta de manzana y la miel y, cuando terminaron, el cazador acompañó a Caperucita Roja a su casa.

—Nunca más me desviaré del camino, ni a derecha ni a izquierda —se dijo Caperucita Roja—. No desobedeceré ni haré lo que está prohibido nunca más y siempre haré caso de lo que me diga mi mamá.

Hay que decir, que después de que pasara todo esto, Caperucita Roja siguió llevando cosas buenas a la abuelita y otros lobos intentaron desviarla del camino. Pero Caperucita Roja sabía cuidarse sola e iba derecha a casa de la abuela, sin desviarse, sin hablar con desconocidos, sin distraerse y sin apartarse de su camino. Sin embargo, los peligros seguían existiendo y un día, al llegar a casa de la abuela, Caperucita Roja le contó:

—¡Ay! abuelita —dijo— me he encontrado con un Lobo que parecía bueno pero, cuando lo he mirado a los ojos, me he dado cuenta de que era muy malo. Estoy segura de que quería comerme.

—Pues vamos a cerrar las puertas —dijo la abuela— no sea que venga hasta aquí.

No había pasado mucho rato, cuando el Lobo llegó.

—¡Abuelita, ábreme, soy Caperucita Roja! —gritó el Lobo con dulce voz— Te traigo pastel y miel.

Pero ellas no contestaron y tampoco abrieron la puerta.

Entonces, el malvado Lobo subió al tejado con la intención de esperar a que Caperucita Roja saliera de casa de la abuela para abalanzarse sobre ella. Pero la abuela, que era muy lista, adivinó lo que tramaba.

—Caperucita, querida, —dijo la abuela— ayer cocí una gran salchicha en la cacerola y no tuve fuerza para tirar el agua, así que todavía está hirviendo en el fuego de la chimenea. ¿Podrías tirarla tú en el fregadero de piedra grande del jardín?

Caperucita Roja vació el agua de la cacerola dentro del gran fregadero de piedra del jardín.

Cuando el olor de la salchicha cocida llegó a la nariz del malvado Lobo este empezó a olfatear y a olfatear el aire hasta que, al final, resbaló del tejado, se cayó dentro del agua hirviendo y se murió.

Aquel día, Caperucita Roja regresó a casa tranquila y feliz, sin que ningún otro lobo intentara molestarla por el camino

FIN

¿Quién ha escrito y quién ha ilustrado este cuento?

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Esta entrada fue publicada en 03/09/2013 por en Cuento clásico y etiquetada con , , , , , , , .

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